II/ cap.3
II/ cap.4
II/ cap.5
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Es intermediario entre los testigos menores, a los que supera intentando dominar o por lo menos explicar doctamente los acontecimientos que ha vivido, y las grandes figuras como David Rousset, del que no tiene la potencia de análisis, o como Eugen Kogon de cuya precisión y minaciosidad carece. Por este motivo, y teniendo en cuenta el lugar que ocupa en la literatura y el periodismo de la postguerra, no podía ser clasificado entre los primeros ni entre los últimos.
Es un literato profesional.
Pertenece a esta categoría de autores a los que se llama «comprometidos». El se compromete, pero también se desliga a menudo - para volverse a comprometer -, pues el compromiso constituye en él una segunda naturaleza. Se le conoció como simpatizante del comunismo - bastante tarde - y ahora es anticomunista. Probablemente, además, por las mismas razones y en las mismas circunstancias: la moda.
El no podía dejar de testificar sobre los campos de concentración. En primer lugar porque su profesión es la de escritor. Después, parque tenía necesidad de darse a sí mismo una explicación del acontecimiento que le había afectado. Con elloe ha permitido que otros se aprovechen de su explicación. Sin duda no ha advertido que salvo en la manera de expresarse decía lo mismo que todos.
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Título del testimonio: El hombre y la bestia, publicado en 1948 por las ediciones Gallimard.
Originalidad: ha visto las cajas de cartón que contenían la margarina que se nos distribuía - obtenida de la hulla, naturalmente - adornadas ridículamente con la indicación de "Garantizado sin materia grasa." (Página 95. Ya citado.)
Testimonio que es un largo razonamiento con referencia a hechos que el autor caracteriza con anterioridad a toda reflexión moral o de otra clase.
Antes de ser deportado a Neuengamme, Louis Martin-Chauffier permaneció en Compiègne-Royallieu. Conoció al capitán Douce, que entonces era jefe del campo. Sobre él expresa el siguiente juicio:
«El capitán Douce, "decano" del campo y celoso servidor de los que le habían confiado este puesto escogido, hacía su cuenta en voz alta, encaramado sobre una mesa, fumando sin parar cigarrillos que no nos habían sido entregados en contra de lo dispuesto por el reglamento.» (Página 51.)
En Neuengamme conoció a André, que era uno de los primeroas personajes del campo, funcionario con autoridad escogido por la S.S. entre los detenidos. He aquí el retrato que hace de él:
«Estrechamente vigilado por la S.S., especie de lo más desconfiada, se veía obligado a hablar rudamente a los presos, a mostrarse brutal en sus palabras, insensible, inflexible, para poder conservar el papel que había escogido y desempeñado no sin cierta pena. El sabía que la menor debilidad traería consigo una denuncia y su destitución inmediata. La mayoría se dejaban engañar por sus modales, le creían cómplice de la S.S., su protegido, nuestro enemigo. Como él era responsable de las salidas y de la asignación de los puestos, se le acusaba de enviar gente a los comandos,
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con una indiferencia que más
bien era aparente, sin tener en cuenta las súplicas, las
quejas, las recriminaciones... Cuando un millar de deportados
tenían que salir en comandos y solamente 990 eran encerrados
en unos vagones de ganado, no se daban cuenta de todas las artimañas
que había empleado André, de todos los riesgos
que había corrido para sustraer a diez hombres de una
muerte probable... El sabía que era generalmente detestado
o sospechoso. Había escogido serlo prefiriendo el servicio
prestado, a la estima...
»Tal como vi a André, aceptaba con el mismo ánimo
la amenazadora cordialidad de la S.S., el servilismo cómplice
de los Kapos y jefes de bloque o la hostilidad de la masa. Yo
creo que había vencido la humillación, reemplazando
su propia virtud por una especie de helada pureza extraña
a él. Renunció a su ser en favor de un deber que
ante sus ojos merecía esta sumisión.» (Páginas
167, 168 y 169.)
De este modo, de dos hombres que cumplen las mismas funciones, uno merece la seve ridad lacónica y el menosprecio del autor, mientras que el otro se beneficia no sólo de su indulgencia aprobatoria sine también de su admiración. Si se profundiza más al leer la obra se entera uno de que el segundo ha prestado un apreciable servicio a Martin-Chauffier en una circunstancia que puso en peligro su vida. Yo no he conocido al capitán Douce en Compiègne, pero es muy probable que, en comparación a André, su única culpa sea la de no haber sabido escoger la gente a la cual prestaba servicios - pues ciertamente, también él tenía sus clientes - y la de tener unos conocimientos literarios demasiado limitados para saber que en su jurisdicción había cierto número de Martin-Chauffieres y el propio Martin-Chauffier.
Por otra parte, no está de más añadir lo que este razonamiento postula:
«Yo he admirado siempre con un poco de temor y alguna repulsión, a aqellos que para servir a su patria o a una causa que estiman justa, optan por todas las consecuencias de la duplicidad: o la desconfianza despectiva del adversario que les emplea, o su
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confianza si les engaña; y la aversión de sus compañeros de combate que ven en él un traidor; y la camaradería abyecta de los auténticos traidores o de los simples vendidos que al verle asociado a su misma tarea le consideran como uno de los suyos. Es necesaria una renuncia a sí mismo que me asombra, un artificio que me confunde y me irrita.» (1). (Página 168.)
Uno se pregunta qué esperan los abogados de Pétain para recoger este argumento que tiene el valor de ester escrito por la pluma de una de las más destacadas figuras del cripto-comunismo. Si la moda vuelve al «petainismo», Martin-Chauffier podrá retirar en todo caso alguna arrogancia, y quizá... sacar de nuevo algún provecho.
En el campo, Martin-Chauffier conversa con un médico que le dice:
«Actualmente hay en el campo tres veces más enfermos de los que puedo recibir. La guerra acabará en cinco o seis meses a más tardar. Se trata para mí de hacer resistir al mayor número posible. Yo he escogido.
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Usted y otros se van restableciendo
lentamente. Si les devuelvo al campo en ese estado y en esta
estación del año (estábamos a finales de
diciembre) morirán en tres semanas. Yo les cuido. Y --escúcheme
bien-- yo hago entrar a los que no están muy gravemente
enfermos y una estancia en el Revier puede salvar. A los que
están perdidos les rechazo. (2)
No puedo permitirme el lujo de acogerlos para ofrecerles una
muerte apacible. Yo garantizo el cuidado de los vivos. Los otros
morirán ocho días antes: de todas maneras, morirán
demasiado pronto. Tanto peor, yo no obro por sentimiento, obro
por eficacia. Este es mi papel.
»Todos mis colegas están de acuerdo conmigo, es
el camino justo. Cada vez que niego la entrada a un moribundo
y me mira con estupor, con terror, con reproche, yo quisiera
explicarle que cambio su vida perdida por otra quizá salvada.
El no comprendería, etc...» (Página 190.)
Yo había comprobado ya sobre el terreno que se podía entrer en el Revier (3) y ser cuidado en él - relativamente - par motivos entre los cuales la enfermedad o su gravedad a veces sólo eran secundarios: maña, influencias, necesidad política, etc. Yo cargaba el hecho a cuenta de las condiciones generales de vida. Si los médicos presos han hecho por añadidura el razonamiento que Martin-Chauffier atribuye a éste, conviene registrarlo como argumento filosófico, y hacerle entrar al lado del sadismo de la S.S. como elemento causal en la explicación del número de muertos. Pues le hace falta mucha ciencia, seguridad y también presunción a un médico para determinar en algunos minutos quién puede ser salvado y quién no puede serlo. Y si ha sucedido así, yo temo mucho que habiendo dado los médicos este primer paso hacia una concepción nueva del comportamiento en la profesión, no hayan dado un segundo para preguntarse no ya quién puede, sino quién debe ser salvado y quién no debe serlo, y para resolver este caso de conciencia mediante la referencia a unos imperativos extra-terapéuticos .
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«El tratamiento que nos infligía la S.S. era la puesta en práctica de un plan concertado en las altas esferas. Podía admitir algunos refinamientos, embellecimientos, floreos, debidos a la iniciativa, a la fantasía, a los gustos del jefe de campo: el sadismo tiene matices. El designio general estaba determinado. Antes de matarnos o de hacernos morir, era preciso envilecernos.» (Página 85.)
Bajo la ocupación, existía en Francia una Asociación de familias de deportados e internados políticos. Si una familia se dirigía a ella para tener noticias sobre la suerte de su deportado, recibía un informe retransmitido por radio procedente de esa «alta esfera» alemana.
He aquí. el informe (4):
«Campo de Weimar.-- El campo está situado a 9 kilómetros
de Weimar y comunicado con esta ciudad por ferrocarril. Está
a 800 metros de altura.
»Le rodean tres cercos de alambradas concéntricas.
En el primer cerco están los barracones de los prisioneros,
entre el primero y el segundo cerco se encuentran las fábricas
y los talleres donde se fabrican accesorios para aparatos de
radio, piezas de mecánica, etc.
»Entre el segundo y el tercer cerco se extiende un terreno
no edificado en el que se acaban de talar árboles y donde
se construyen las carreteras del campo y el pequeño ferrocarril.
»El primer cerco de alambradas está electrificado
y rodeado por innumerables torretas en lo alto de cada una de
las cuales se encuentran tres hombres armados. En el segundo
y tercer cerco no hay centinelas pero en la zona de las fábricas
hay un cuartel de la S.S.:
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en esa zona y en el tercer cerco patrullan
durante la noche soldados con perros.
»El campo se extiende sobre ocho kilómetros y contiene
unes 300.000 internados. En los comienzos del régimen
nazi, los enemigos eran internados en él. De la población,
la mitad son franceses, la mitad extranjeros, alemanes antinazis
pero que siguen siendo alemanes y suministran la mayor parte
de los jefes de bloque. También hay rusos, entre ellos
algunos oficiales del ejército rojo, húngaros,
polacos, belges, holandeses, etcétera.
»El reglamento del campo es el siguiente:
»4,30 horas: levantarse, aseo vigilado con el torso desnudo,
lavado obligatorio del cuerpo.
»5,30: 500 centímetros cúbicos de potaje
o café, con 450 gramos de pan (a veces tienen menos pan
pero tienen en cambio una abundante ración de patatas
de buena calidad); 30 gramos de margarina, una rodaja de salchichón
o un pedazo de queso.
»A las 12, café.
»18,30: un litro de buena sopa espesa.
»Por la mañana, a las 6, partida hacia el lugar
de trabajo. El agrupamiento se hace por oficios: fábrica,
cantera, leñadores, etc. En cada destacamento los hombres
se colocan en filas de a cinco y se cogen del brazo para que
las filas estén bien alineadas y separadas. Después
se sale con la banda de música en cabeza (formada por
70 u 80 ejecutantes, internados de uniforme: pantalóon
rojo y chaquetilla azul con bocamangas negras.)
»El estado sanitario del campo es muy bueno. Al frente
se encuentra el profesor Richot, deportado. Visita médica
diaria. Hay numerosos médicos, una enfermería y
un hospital, como en un regimiento. Los internados llevan el
traje de los presidiarios alemanes en paño artificial
relativamente caluroso. Su ropa interior fue desinfectada al
llegar. Tienen una manta para cada dos.
»No hay capilla en el campo. No obstante, hay numerosos
sacerdotes entre los internados, pero en
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general han disimulado su condición.
Estos sacerdotes reúnen a los fieles para charlas, rezo
del rosario, etc.
»Tiempo libre.-- Libertad completa en el campo el domingo
por la tarde. Estas horas de asueto están amenizadas por
las representaciones que da una compañía teatral
organizada por los internados. Hay cine una o dos veces por semana
(películas alemanas), radio en cada barracón (comunicados
alemanes) y bellos conciertos dados por la orquesta de prisioneros.
»Todos los presos están de acuerdo en considerar
que se encuentran major en Weimar que en Fresnes o en las otras
prisiones francesas en las que estuvieron antes.
»Recordamos a las familias de los deportados que el aliado
de las fábricas de Weimar que tuvo lugar a finales de
agosto no hizo ninguna víctima entre los deportados del
campo.
»Recordamos también que la mayoría de los
trenes que partieron de Compiègne y de Fresnes en agosto
de 1944 se dirigieron a Weimar.»
Jean Puissant, que ha citado este texto, le hace seguir de la siguiente apreciación: un monumento de picardía y de mentiras.
Evidentemente, está escrito en un estilo benévolo. No se dice en él que en los talleres de Buchenwald las piezas sueltas de mecánica que se fabrican son de armas. No se habla en él de los que son ahorcados por sabotaje, de las formaciones para pasar lista una y otra vez, de las condiciones de trabajo, de los castigos corporales. No se precisa que la libertad del domingo por la tarde está limitada por los azares de la vida del campo, ni que si los sacerdotes reúnen a sus fieles para charlas u oraciones es clandestinamente y con el riesgo de crueles incidentes que el ambiente podría asemejar a complots. Incluso se miente en él cuando se pretende que los deportados se encontraban allí mejor que en las prisiones francesas, que el de agosto de 1944 no ocasionó ninguna víctima entre los internados o que la mayoría de los trenes que partieron en esa fecha de Compiègne o de Fresnes se dirigieron a Weimar.
Pero tal como está, este texto se acerca más a la verdad que el testimonio del hermano Birin, especialmente en lo relativo a
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Yo estoy persuadido por mi parte de que, aun en los límites impuestos por el hecho de la guerra, nada impidió a los presos que nos administraban, nos mandaban, nos vigilaban, nos encuadraban, el hacer de la vida en un campo de concentración algo que se hubiera parecido bastante al cuadro que presentaban los alemanes, a través de intermediarios, a las familias que pedían informes.
«Yo he visto a mis desdichados compañeros culpables solamente de tener los brazos débiles, morir bajo los golpes que les prodigaban los presos políticos aIemanes elevados al cargo de capataces y convertidos en cómplices de sus antiguos adversarios.» (Página 92.)
Sigue la explicación:
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«Estos hombres brutales al golpear desde luego no tenían la intención de matar; mataban sin embargo en un acceso de furor placentero, con los ojos inyectados, el semblante escarlata y la baba en los labios, parque no podían pararse: les era necesario llegar en su placer hasta el final.»
Se trata de un hecho que desacostumbradamente es imputado por él a los presos sin ningún falso rodeo. Nunca se sabe: es posible que haya individuos que maten «en un acceso de furor placentero» y no tengan otro fin que «llegar en su placer hasta el final». En el mundo, aunque no sea normal sí es al menos habitual y admitido por la tradición que haya anormales: también puede haberlos en un mundo en el que todo sea anormal. Pero yo me inclino más bien a creer que si un Kapo, un jefe de bloque o un Lagerältester llegaban a este extremo, obedecían a móviles ligados a complejos más accesibles: el deseo de venganza, el afán de agradar a los amos que les habían confiado un puesto selecto, el deseo de conservarlo a cualquier precio, etc. Incluso añado que, si bien maltrataban, se abstenían de provocar la muerte de un hombre, lo cual era susceptible de atraerles molestias con la S.S., al menos en Buchenwald y Dora.
A pesar de esta explicación, hay que perdonar a Martin-Chauffier por haber citado también dos hechos cuyo carácter criminal no puede ser considerado en modo alguno como resultante de la «puesta en práctica de un plan concertado en las altas esferas».
«Semanalmente, el Kapo del Revier pasaba reconocimiento (de lo que no entendía nada), examinaba las hojas de temperatura cuyos márgenes estaban cubiertos de observaciones en torno a un diagnóstico inquietante, y miraba a los enfermos: si sus cabezas no le agradaban, les declaraba aptos para abandonar el Revier, cualquiera que fuese su estado. El médico procuraba anticiparse o inclinar su decisión, que era difícil de prever, pues el Kapo, que tenía impresiones en lugar de ciencia, además era un lunático.» (Página 185.)
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Y también:
«La corriente de aire polar, y el aseo obligatorio con el torso desnudo, eran medidas de higiene. Cada procedimiento de destrucción se cubría así de una impostura sanitaria. Este se reveló de los más eficaces. Todos los que sufrían de alguna enfermedad en el pecho fueron arrebatados por ella en pocos días.» (Página 192.)
Nada obligaba al Kapo a adoptar este comportamiento ni a los Stubendienst, Kalfaktor y Pfleger (5) del Revier a formar esta corriente de aire polar o hacer pasar al lavabo, con el torso desnudo, agua fría y sin distinción, a los infelices confiados a su tutela.
Ellos lo hacían sin embargo con el propósito de agradar a la S.S., que lo ignoraba la mayoría de las veces, y con el fin de conservar un puesto que les salvaba la vida.
Hubiera sido deseable que Martin-Chauffier hubiese dirigido su acusación contra ellos con tanto vigor como lo hace contra la la S.S., o que por lo menos hubiese repartido equitativamente las responsabilidades.
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El momento en el cual se publicó este libro en Francia no me ofreció la posibilidad de aprovechar los testimonios recogidos por la fundación Hoover y publicados muy posteriormente.
Para finalizar, indicaremos lo que escribe la pluma de Dominique Canavaggio (ex director de Temps de Paris y yerno del pastor Boegner) sobre Martin-Chauffier:
Louis Martin-Chauffier - que posteriormente sería detenido por la Gestapo y enviado a Auschwitz - era colaborador de Sept jours, un semanario dirigido por Jean Prouvost. Una mañana, cuando me encontraba en Lyon, se me acercó a mí con un rostro desfigurado por la angustia.
-- Mi hija tiene tuberculosis; su estado es muy grave: he intentado hacerla tratar en Francia, es imposible; aquí no se encuentra en ningún sitio la altura necesaria unida a la comodidad y a los cuidados; sólo una estancia en Suiza podría salvarla. ¿Cree usted que ella podría recibir de Laval un pasaporte?
Yo le prometí hacer todo lo posible, y al regresar a Vichy visité inmediatamente al jefe del gobierno. La palabra justa era «imposible», pues desde noviembre de 1942 los alemanes controlaban severamente las entradas y salidas en la frontera suiza: por decirlo así, no dejaban pasar a nadie excepto a algunas personalidades oficiales.
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Además el nombre de Martin-Chauffier (6) ya era entonces ligeramente sospechoso para ellos y nada conveniente para facilitar las cosas. Laval oyó mi ruego sin interrumpirme y cuando terminé me dijo:
-- ¿Martin-Chauffier?... ¿Es éste el que escribió durante la época de Munich artículos en los cuales exigía que yo fuese enviado a la horca?
-- Sí, señor presidente, es el mismo.
Permaneció inmóvil un momento; mi mirada sostuvo la suya. Finalmente dijo:
-- Dígale usted que su hija irá a Suiza. Arregle usted las formalidades con Bousquet.
-- Gracias, señor presidente. Estaba seguro de que usted lo haría; y no estoy seguro de si Martin-Chauffier quedará agradecido...
El me retuvo con un movimiento:
-- No pido agradecimiento; lo hago por sentimiento humano.
(Dominique Canavaggio. Periodista)
Como se ve, Martin-Chauffier estaba especialmente inclinado para llegar a ser una de las cabezas pensadoras de la Resistencia. El «honró» además con su colaboración esporádica a Le Figaro, Paris-Presse y Paris-Match. La obra biográfica de consulta Pharos dice de él que antes de la guerra dia a conocer claramente sus opiniones políticas y sus simpatías hacia el comunismo, lo cual confirmó durante la guerra civil en España: en 1937 se fue a la Unión Soviética. En 1945 se encontraba naturalmente de nuevo al lado de los comunistas en el famoso «Comité national des écrivains» y era uno de los más furiosos perseguidores.
Sin duda alguna debió tratar de conseguir perdón por lo que había ocurrido entre estas dos fechas. Hoy se encuentra Martin Chauffier - como también Eugen Kogon y David Rousset - en frías relaciones (obra al menos como si estuviese en frías relaciones) con los comunistas, cuyo juego ha hecho y en cierto modo sigue haciendo.
¿Por cuánto tiempo?
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De todos los testigos, ninguno consiguió esta habilidad, esta potencia de evocación y esta exactitud en la reconstitución de la atmósfera general de los campos, eomo esta gran figura conocida a escala universal Pero tampoco ninguno de elloes ha novelado más ni mejor.
La historia conservará su nombre: yo tengo miedo de que esto sea sobre todo por su calidad de literato. En el plano histórico propiamente dicho, el embalaje ha logrado la venta del producto. El, por otra parte, lo ha presentido y ha tomado la delantera:
«He contado ciertos hechos tal como eran conocidos en Buchenwald, y no como los presentan los documentos publicados ulteriormente...»
«...Existen sobre todo contradicciones de detalle, no solamente entre los testimonios sino también entre los documentos. La mayoría de los textos publicados hasta ahora sólo se apoyan sobre aspectos muy exteriores de la vida de los campos, o bien son apologías cuyo procedimiento se basa en alusiones, y más que a recoger hechos se limitan a afirmar principios. Tales documentos son valiosos pero a condición de conocer ya íntimamente aquello sobre lo que hablan: entonces, permiten encontrar a menudo una concatenación
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todavía desapercibida. Yo me he esforzado precisamente en reproducir las relaciones entre los grupos en su complejidad real y en su dinámica." (Los días de nuestra muerte, anexo, página 764)!
Este razonamiento le ha permitido descuidar los documentos totalmente o casi, y apoyándose en el hecho de que los relativos a los campos del Este son a la vez escasos y pobres, declarar que
« El recurso a los testimonios directos es el único método serio de prospección.» (Ibídem.)
después de escoger entre estos testimonios directoes aquellos que servían mejor su manera de ver del momento.
«Se trataba en estas condiciones (señala él), más bien de una atrevida tentativa - arriesgada, se podria decir quizá - que de querer un panorama de conjunto del mundo de los campos de concentración.» (Ibídem.)
No se le podría caracterizar mejor de lo que lo hace él mismo. Pero entonces, ¿por qué ha presentado los campos en esta forma que procede de la afirmación categórica?
El mundo de las campos de concentración (Pavois, 1946) tuvo un éxito merecido. En el concierto de los testigos menores que pedían la venganza a gritos y la muerte de los alemanes vencidos (7) intentaba llevar las responsabilidades sobre el nazismo e indicaba un giro, una orientación nueva. La Francia pacifista le agradeció a David Rousset por haber concluido en estos términos:
«La existencia de los campos es una advertencia. La sociedad alemana, en razón a la vez de la potencia de su estructura económica y del rigor de la crisis que la ha derrotado, ha conocido una descomposición hasta
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ahora excepcional en la actual coyuntura del mundo. Pero sería fácil demostrar que los rasgos más característicos de la mentalidad de la S.S. y de los cimientos sociales se encuentran en muchos otros sectores de la sociedad mundial. Sin embargo, menos acusados, y ciertamente sin medida común con el desarrollo en el Gran Reich. Pero esto no es más que una cuestión de circunstancias. Sería un engaño, y criminal, pretender que es imposible a los otros pueblos pasar por una experiencia semejante por «razones» de oposición de «naturaleza». Alemania ha interpretado con la originalidad propia a su historia, la crisis que le ha conducido al mundo de los campos de concentración. Pero la existencia y el mecanismo de esta crisis depende de los fundamentos económicos y sociales del capitalismo y del imperialismo. Bajo una nueva forma, mañana pueden aparecer todavía efectos análogos. (8) Se trata en consecuencia de una batalla muy concreta que hay que llevar.» (Página 187.)
Los días de nuestra muerte (1947), obra en la que se vuelven a tomar los antecedentes de El mundo de los campos de concentración y se especula con ellos hasta agotarlos, está bastante alejada de esta profesión de fe que, por otra parte, El payaso no ríe olvida totalmente. De donde hay que concluir que David Rousset ha evolucionado con el pretexto de hacerse más preciso, lo cual ha hecho que su obra haya acabado por tomar un carácter mucho más antialemán que antinazi a los ojos del público. Esta evolución, en su punto de partida, fue más notable al estar matizada de ciertas debilidades por el comunismo, pero después de cierto tiempo
[176] ha encontrado su conclusión en un antibolchevismo del que sería aventurado decir que no se transformaría en rusofobia para y simple si la crisis mundial se precipitase en una guerra.
La originalidad, pues, de El mundo de los campos de concentración ha sido distinguir entre Alemania y el nazismo en el establecimiento de las responsabilidades. Y es doble por una teoría que hizo sensación en tanto que justificaba el comportamiento de los presos encargados de la dirección de los asuntos del campo, por la necesidad de conservar para la postguerra ante todo la élite de revolucionarios. (9) Martin-Chauffier justificando al médico que quiere salvar al mayor número posible de presos para lo que concentra sus esfuerzos, ante todo, en ciertos enfermos, y David Rousset justificando la política que quiere salvar la calidad y no el número, pero una calidad definida en funciones de ciertos imperativos extrahumanitarios, ofrecen muchos argumentos, y de no poca importancia, que irritan los ánimos de la masa anónima de los internados. Y si, a propósito de uno y otro caso, se habla algún día de impostura filosófica ello no tendrá nada de extraño.
Los espíritus maliciosos podrían incluso añadir que David Rousset probablemente fue salvado de la muerte por el Kapo alemán Emile Künder, que le consideraba como perteneciente a esta élite revolucionaria, que por este motivo le manifestó una gran amistad y que hoy reniega de él.
Esto sea dicho sin perjuicio de otras salvedades.
«Es normal, cuando todas las fuerzas vivas de una clase están en juego en la batalla más totalitaria hasta ahora inventada, que se les impida a los adversarios hacer daño y, si es necesario, se les extermine.» (Página 107.)
Es inatacable. Su conclusión, enunciada inmediatamente después, lo es mucho menos:
«La finalidad de los campos es la destrucción física.» (Ibíd.)
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No se puede dejar de observar que, en el propio postulado, la destrucción física está subordinada a la necesidad y no decretada por principio: se considera solamente para los casos en que la medida del internamiento no bastase para poner al individuo fuera de la posibilidad de dañar.
Después de tal paso o de una libre deducción de esta talla, no hay razón alguna para detenerse y se puede escribir:
«La orden lleva la señal del amo. El comandante del campo ignora todo. El Blockführer (10) ignora todo. El Lagerältester (11) ignora todo. Los ejecutores ignoran todo. Pero la orden indica la muerte y el género de muerte y la duración necesaria para hacer morir. Y en este desierto de ignorancia, es suficiente.» (Página 100.)
lo que constituye una manera de dar consistencia al cuadro, de llevar la responsabilidad sobre las «altas esferas» señaladas por Martin-Chauffier, y permite deducir un plan preestablecido de sistematización del horror, que se justifica por una filosofía.
«El enemigo, en la filosofía de la S.S., es la potencia del mal intelectual y físicamente expresado. El comunista, el socialista, el liberal alemán, los revolucionarios, los resistentes extranjeros son las figuraciones activas del mal. Pero la existencia objetiva de ciertas razas: los judíos, los polacos, los rusos, es la expresión estática del mal. No es necesario a un judío, a un polaco o a un ruso actuar contra el nacionalsocialismo: por su nacimiento, por predestinación, son heréticos no asimilables, destinados al fuego apocalíptico. La muerte no tiene pues sentido completo. Sólo la expiación puede satisfacer, apaciguar a los señores. Los campos de concentración son la sorprendente y compleja máquina de la expiación. Los que deben morir van a la muerte con una lentitud calcutada para que su degeneración física y moral, realizada por grados, les vuelva
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finalmente conscientes de que son malditos, expresiones del mal y no de los hombres. Y et sacerdote experimenta una especie de placer secreto, de íntimo deleite, en aniquilar los cuerpos.» (Páginas 108 y 109.)
Por lo que se ve cómo partiendo de los campos de concentración entendidos como medio de impedir a los enemigos el hacer daño, se puede hacer fácilmente de ellos instrumentos de exterminio por principio y escribir hasta el infinito sobre la finalidad de este exterminio. A partir del momento en que se llega a esto, ya sólo se trata de una cuestión de aptitud para las construcciones del espíritu y de virtuosismo. Pero el esfuerzo literario que produce tan excelentes efectos de sadismo es perfectamente inútil y no hay necesidad de haber vivido el acontecimiento para pintarlo así: bastaría con volver a Torquemada y copiar de nuevo las tesis de la Inquisición.
No me detengo en la primera parte de la
explicación que asemeja los rusos y los polacos a los judíos
en el espíritu de los dirigentes nazis: la fantasía
salta a la vista.
«El trabajo es considerado como medio de castigo. La mano de obra de los internados es de interés secundario, preocupación extraña a la naturaleza íntima del mundo de los campos de concentración. Psicológicamente, va ligada a este sadismo de obligar a los detenidos a consolidar los instrumentos de su servidumbre.
Es por motivo de accidentes históricos como los campos se han convertido también en empresas de obras públicas. La extensión de la guerra a escala mundial, al exigir un empleo total de todo y de todos, cojos, sordos, ancianos, y prisioneros de guerra, hizo que la S.S. reuniese bajo una dirección común a golpe de látigo en las tareas más destructoras a la ciega jauría de los internados... El trabajo de los presos no tenía por fin esencial la realización de tareas concretas, sino el mantenimiento de los
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«presos protegidos» (12) en la sujeción más estrecha y más envilecedora.» (Páginas 110, 111 y 112.)
Si se ha decidido que la finalidad de los campos era exterminar, es evidente que el trabajo ya sólo entra en la teoría de la mística exterminadora como un el emento despreciable en sí mismo. Eugen Kogon, del que se tratará en el capítulo siguiente, partiendo del mismo principio aunque con mucho menos refinamiento en la forma, escribe a propósito de esto en El infierno organizado:
«Se decidió que los campos tuviesen una finalidad secundaria, un poco más realista, un poco más práctica y más inmediata: gracias a ellos, se iba a reunir y utilizar una mano de obra compuesta por esclavos de la S.S. y que en tanto que se les permitiera vivir, no vivirían más que para servir a sus amos... Pero éstos que se han denominado fines secundarios (asustar a la población, empleo de la mano de obra de esclavos, mantenimiento de los campos como lugar de entrenamiento y terreno de experimentación para la S.S.) ascendieron poco a poco, en lo concerniente a las verdaderas razones de envío a los campos, a un primer plano, hasta el día en que la guerra desencadenada por Hitler, considerada y preparada por él y la S.S. de una manera cada vez más sistemática, provocó el enorme desarrollo de los campos.» (Páginas 27 y 28.)
De la yuxtaposición de los dos textos resulta que, para el primero, es el accidente histórico de la guerra e incluso solamente en el de su extensión a la escala mundial, el que hace pasar a un primer plano en los fines de los campos la utilización de los presos como mano de obra, mientras que para el segundo este resultado había sido alcanzado «antes de la guerre», habiéndole dado ésta sólo mayor importancia.
Yo opto por el segundo: la división de los campos en Konzentrationslager, Arbeitslager y Straflager (13) era un hecho consumado en el momento de declararse la guerra. La operación del
[180] internamiento, antes y durante la guerra, se hacía en dos tiempos: se concentraba a los detenidos en un campo previsto u organizado para el trabajo, y que desempeñaba además la función de apartadero de ferrocarril ; desde allí se les enviaba a otros según las necesidades del trabajo. Había un tercer tiempo para los delincuentes en trámite de internamiento: el envío coma castigo a un campo generalmente en construcción, considerado como campo de represalias, pero que una vez terminado se convertía a su vez en un campo ordinario.
Añado que a mi juicio el trabajo siempre ha estado previsto. Esto forma parte del código internacional de la represión: en todos los países del mundo el Estado hace ganarse la vida y sudar los beneficios a los que encarcela, salvo en algunas excepciones (régimen político en las naciones democráticas, deportados de honor en los sistemas de dictadura). Lo contrario no se concibe: una sociedad que tomase a su cargo a los que infringen sus leyes y la minan en sus fundamentos, sería un absurdo. Sólo varían las condiciones del trabajo y el margen de beneficios a obtener según se esté en libertad o internado.
En Alemania, se ha producido este caso particular de que ha sido preciso construir los campos desde el prirnero hasta el último y de que además vino la guerra. Durante todo el período de construcción se pudo creer que su única finalidad era hacer morir: se ha continuado así durante la guerra e incluso se ha creído después. El engaño es tanto menos evidente porque al hacer necesaria la guerra un número de campos cada vez mayor, el período de construcción no se terminó nunca y porque ambas circunstancias, al superponerse en sus efectos, han permitido mantener a sabiendas la confusión en las apariencias.
Se sabe que la S.S. delegó en los detenidos la dirección y la administración de los campos. Hay pues los Kapos (jefes de los Kommandos), los Blockältester (jefes de bloque), los Lagerschutz (policías), los Lagerältester (jefes de campo), etc., una burocracia que ejerce de hecho toda la autoridad en el campo. También es una regla que forma parte del código de la represión en todos
[181] los países del mundo. Si los presos en los cuales recaen todos estos puestos tuviesen la menor noción de la solidaridad, el menor espíritu de clase, esta disposición intervendría en todas partes como un factor de aligeramiento de la pena para el conjunto. Desgraciadamente, nunca ha sucedido esto en ninguna parte: al tomar posesión del puesto que se le confía, el preso designado cambia en todas partes de mentalidad y de clan. Es un fenómeno demasiado conocido para que se insista en él y demasiado general para que se les impute solamente a los alemanes o a los nazis. El error de David Rousset ha sido creer, o en todo caso hacer creer, que en un campo de concentración podían ser las cosas de otra manera y que de hecho también habían sucedido de otro modo --que los presos políticos eran de una especie superior a la común de los hombres y que los imperativos a los cuales obedécían eran más nobles que las leyes de la lucha individual por la vida.
Esto le ha llevado a sentar el principlo de que la burocracia de los campos al no poder salvar a la masa tuvo el mérito de salvar la calidad al máximo:
«Con la estrecha colaboración de un Kapo, se podrían crear majores condiciones de vida incluso en el infierno.» (Página 166, nota marginal.)
Pero él no dice cómo se podría obtener la estrecha colaboración de un Kapo. Ni que esta colaboración, ann cuando el Kapo fuese un político, sólo excepcionalmente pudo ir más allá del estadio de Ias relaciones individuales del patricio con el cliente. Ni tampoco que, en consecuencia, sólo pudo beneficiar a un número ínfimo de presos.
Todo se encadena:
«La detentación de estos puestos es pues de un interés capital, y la vida y la muerte de muchos hombres depende de ella.» (Página 134.)
Entonces aquellos que los detentan se organizan, luego los que mejor se organizan entre ellos son los comunistas, éstos hacen después verdaderos complots políticos contra la S.S., luego redactan programas de acción para la postguerra. Así, sin discriminacion alguna:
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«En Buchenwald, el comité central de la fracción comunista agrupaba alemanes, checos, un ruso y un francés.» (Página 166.)
«Desde 1944, se preocupaban de las condiciones que se crearían para la liquidación de la guerra. Tenían un gran miedo a que la S.S. les matase entes. Y no era un miedo imaginario.» (Página 170.)
«En Buchenwald, aparte de la organización comunista que alcanzó sin duda un grado de perfección y de eficiencia único en los anales de los campos, hubo reuniones más o menos regulares entre elementos políticos que iban desde los socialistes a la extrema derecha, y que preparaban un programa de acción común para el regreso a Francia.» (Páginas 80 y 81.)
Todo esto es lógico: lo discultible es el hecho que sirve de punto de partida.
Hubo en todos los campos, ciertamente, aproximaciones entre los detenidos y discretas formaciones de grupos: por afinidades y para soportar major la suerte común (en la masa), por interés para conquistar el poder, para conservarlo o para ejercerlo mejor (en la Häftlingsführung).
Tras la liberación los comunistas han podido hacer creer corroborados en esto por David Rousset, que la base de su asociacyón era la doctrina a la cual habían conformado sus actos. En realidad, esta base era el provecho material que podían sacar en cuanto a la alimentación y a la salvaguardia de la vida los que formaban parte de la asociación. En los dos campos que he conocido, la opinión general era que todo «comité», político o no, comunista o de otro tipo, tenía principalmente el carácter de una asociación de ladrones de alimentos, bajo cualquier forma que fuese. Nada vino a desmentir esta opinión. Por el contrario, todo la corroboraba: los grupos de comunistas o de otros políticos enfrentándose; las modificaciones en la composición de aquel grupo de entre ellos que detentaba el poder, y que siempre ocurrían tras las diferencias sobre la repartición de lo obtenido en los pillajes; la distribución de los puestos de mando, que seguía idéntico proceso, etc., etc.
Durante las semanas que pasé en el bloque 48 de Buchenwald, un grupo de presos que acababa de llegar decidió tomar en sus
[183] manos el estado de ánimo de la masa. Poco a poco fue obteniendo cierta autoridad, y, en especial, las relaciones entre el jefe de bloque y nosotros terminaron por hacerse sólo por su conducto. Reglamentaba la vida en el bloque, organizaba conferencias, designaba los servicios, repartía la comida, etc. Daba lástima ver el concierto de adulaciones rastreras de todo tipo que ofrecían los que formaban parte de él al omnipotente jefe de bloque. Un día, el principal animador de este grupo fue atrapado por uno de la masa a punto de repartirse con otro unas patatas que había sustraído de la ración común...
Eugen Kogon cuenta que los franceses de Buchenwald, los únicos que recibían paquetes de la Cruz Roja, decidieron repartirlos equitativamente con todo el campo:
«Cuando nuestros camaradas franceses se declararon dispuestos a repartir una buena parte de ella entre todo el campo, este acto de solidaridad fue recibido con agradecimiento. Pero el reparto estuvo organizado en forma escandalosa durante algunas semanas; en efecto, no había más que un solo paquete por cada grupo de diez franceses..., mientras que sus compatriotas encargados de la distribución, que tenían a su frente al jefe del grupo comunista francés en el campo (15) reservaban para ellos montones de paquetes, o los utilizaban en favor de sus amigos destacados.» (El infierno organizado, página 120.)
David Rousset distingue por otra parte un lado nocivo en este estado de cosas, supuesto que no haga de ello una causa dirimente o esencial del horror, cuando escribe:
«La burocracia no sirve solamente a la gestión de los campos: ella está totalmente acoplada en su cúspide al comercio con la S.S. Berlín envía paquetes de cigarrillos y de tabaco para pagar a los hombres. Camiones de alimentos llegan a los campos. Se debe de pagar semanalmente a los presos; se les pagará cada quince días o cada mes; se disminuirá el número de
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cigarrillos, se harán listas de malos trabajadores que no recibirán nada. Los hombres reventarán por no poder fumar. ¿Qué importa? Los cigarrillos pasarán al mercado negro. ¿Carne?, ¿mantequilla?, ¿azúcar? ¿miel?, ¿conservas? Una ración más fuerte de lombardas, remolachas, nabos sazonados con un poco de zanahorias, esto bastará. Incluso es buenísimo... ¿Leche? Mucha agua blanqueada, será perfecto. Y el resto: carne, mantequilla, azúcar, miel, conservas, leche, patatas, al mercado para la población civil alemana que paga y está compuesta por correctos cindadanos. La gente de Berlín se dará por satisfecha con saber que todo ha llegado bien. Basta con que los registros y la contabilidad estén en orden... ¿Harina? Pero ¿cómo?, se disminuirán las raciones de pan. Sin dar a conocer nada. Las raciones se cortarán un poco más pequeñas. Los registros no se ocupan de estas cosas. Y los amos de la S.S. estarán en excelentes relaciones con los comerciantes del lugar.» (Páginas 145, 146 y 147.)
He a quí desmentida, al menos en lo que concierne a la alimentación, la leyenda según la cual se había establecido en las «altas esferas» un plan para matar por hambre a los presos. Berlín envía todo lo que hace falta para servirnos las raciones previstas, conforme a lo que se ha escrito a las familias, pero sin que lo sepa esto no se nos distribuye. (16) ¿Y quién roba? Los presos encargados
[185] de la distribución. David Rousset nos dice que es por orden de la S.S. a la cual entregan el producto del robo: no, en primer lugar roban para ellos, se regalan de todo ante nuestros ojos y pagan tributo a los de la S.S. para comprar su complicidad.
Así pues, estos famosos comités revolucionarios, de defensa de los intereses del campo o de preparación de planes políticos para la postguerra, se reducen a esto y sin embargo han podido engañar a la opinión pública en este punto. Yo dejo a otros el culidado de averiguar las razones por las cuales ha sucedido así. Me permitiría sin embargo añadir aún que los que lograron constituirlos, formar parte de ellos o asegurarles la autoridad que tuvieron en todos los campos, sostenían el espíritu de adulación del que se hacían ellos mismos culpables frente a la S.S. A propósito de las conferencias organizadas en el bloque 48 y a las cuales se ha hecho alusión anteriormente, David Rousset cuenta también:
«Yo organicé pues una primera conferencia: un Stubendienst ruso, de veintidós o veintitrés años, obrero de la fábrica Marly de Leningrado nos expuso largamente la situación obrera en la U.R.S.S. La discusión que siguió duró dos tardes. La segunda conferencia fue dada por un koljosiano sobre la organización agrícola soviética. Un poco más tarde, yo mismo di una charla sobre la Unión Soviética desde la Revolución hasta la guerra...» (Página 77.)
Yo asistí a esta conferencia: fue una obra maestra de bolchevismo, bastante inesperada si se conocían las anteriores actividades
[186] trotskistas de David Rousset. Pero Erich, nuestro jefe de bloque, era comunista y tenía una gran consideración en la «célula» que ejercía la influencia preponderante en la Häftlingsführung del momento: era hábil en atraer su atención y prevenirla para el día en que él tulviese que distribuir favores.
«Tres meses después, prosigue Rousset, yo no hubiese comenzado de nuevo esta tentativa La situación había cambiado. Pero en aquel entonces éramos todavía muy ignorantes. Erich, nuestro jefe de bloque, refunfuñó pero no se opuso al asunto...» (Página 77.)
Ciertamente. Además, tres meses después era el Kapo Emil Künder a quien había que conquistar, el tiempo de las conferencias había pasado, la palabra la tenían ahora los paquetes llegados de Francia. Si yo he entendido bien Los días de nuestra muerte, Rousset hizo uso de ellos y estoy lejos de reprochárselo: yo mismo, el haber regresado lo debo solamente a los que recibí y nunca lo he ocultado. (17)
Puede sostenerse, y así se hará quizá por medio de palabras tomadas a los que consideran el hecho como insignificante o lo justifican, que no era esencial establecer que la Häftlingsführung nos hizo sufrir un tratamiento más horrible aún que el previsto para nosotros en las esferas dirigentes del nazismo y sin obligarle nada a ello. Observaré entonces que me ha parecido indispensable el fijar exactamente las causas del horror en todos sus aspectos, aunque sólo fuese para reducir a su justo valor el argumento subjetivo del cual se ha hecho un uso tan frecuente, y para orientar un poco más hacia la naturaleza misma de las cosas las investigaciones del lector en cuyo espíritu sólo esté imperfecta o incompletamente resuelto este problema.
«Birkenau, la mayor ciudad de la muerte. Las selecciones a la llegada: los decorados de la civilización puestos como caricaturas para engañar y esclavizar. Todos los domingos, selecciones regulares en el campo. En
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el bloque 7, la lenta espera a las destrucciones inevitables: El Sonderkommando (18) totalmente aislado del mundo, condenado a vivir cada segundo de su eternidad con los culerpos tortulrados y quemados. El terror destroza tan decisivamente los nervios que las agonías conocen todas las humillaciones, todas las traiciones. Y cuando ineluctablemente se cierran las potentes puertas de la cámara de gas, todos se precipitan aplastándose aún en el ansia de vivir, de modo que al abrirse los batientes los cadáveres inextricablemente mezclados se desploman en cascadas sobre los raíles.» (Página 51.)
En un panorama de conjunto como Los días de nuestra muerte, novelado y reconstituido además con medios de los cuales el propio autor y aun sin saberlo ha reconocido la ingenuidad (páginas 174 y 175), este pasaje no estaría de más. En El mundo de los campos de concentración que tiene en tantos aspectos el carácter de un relato vivido, parece improcedente. En efecto, David Rousset no ha asistido nunca a este suplicio del que hace una descripción tan precisa y tan conmovedora a la vez.
Es todavía demasiado pronto para exponer un juicio definitivo sobre las cámaras de gas: los documentos son escasos, y los que existen, imprecisos, incompletos o truncados, no están exentos de sospechas. Por mi parte, estoy persuladido de que un examen serio de la culestión con los materiales que no dejarán de descubrirse si la buena fe preside las investigaciones, abrirá nuevos horizontes en lo relativo a las cámaras. Entonces, uno se asombrará del número de individuos que han hablado de ellas y de los términos en los cuales lo han hecho.
De todos los testigos, Eugen Kogon es el que se ha oculpado del asunto con más seriedad y su testimonio ofrece para mí el mayor interés. En la ya citada obra de El infierno organizado (19) escribe:
«Un número muy reducido de campos tenían sus propias cámaras de gas.» (Página 154.)
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Y exponiendo el mecanismo de la operación continúa:
«En 1941, Berlín envió a los campos las primeras órdenes (20) de formación de transportes especiales para exterminarlos con el gas. Se escogió en primer lugar a los delincuentes comunes, a los presos condenados por atentados contra las costumbres y a ciertos políticos mal vistos por la S.S. Estos transportes partían hacia un destino desconocido. En el caso de Buchenwald, a partir del día siguiente se veían volver las ropas, comprendido en ello el contenido de los bolsillos, las dentaduras postizas, etc. Por un suboficial de la escolta (21) se supo que estos transportes habían llegado a Pirna y a Hohenstein y que los hombres que los integraban habían sido sometidos a los ensayos de un nuevo gas y habían perecido...
Durante el invierno de 1942-43, se examinó a todos los judíos desde el punto de vista de su capacidad de trabajo. En lugar de los transportes mencionados anteriormente, fueron entonces los judíos inválidos quienes siguieron el mismo camino en cuatro grupos de 90 hombres, pero fueron a parar a Bernburg, cerca de Kothen. El médico-jefe del sanatorio del lugar, un tal doctor Eberl, era el instrumento dócil de la S.S. En los documentos de la S.S. esta operación llevó la referencia 14 F. 13. Parece haber sido llevada a cabo simultáneamente al aniquilamiento de todos los enfermos de los sanatorios, que se generalizaba poco a poco en Alemania bajo el nacionalsocialismo.» (Páginas 225 y 226.)
Habiendo afirmado el hecho bajo esta forma que permite la duda en cuanto a las órdenes de utilización de las cámaras de gas, especialmente en este sentido de que sólo obra por referencia a documentos de los cuales uno puede preguntarse si existen, Eugen Kogon cita sin embargo otros dos, sin duda parque le han parecido más concluyentes:
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«Hemos podido conservar el dulplicado de las cartas cursadas entre el doctor Hoven (de Buchenwald) y este sorprendente sanatorio:
Weimar-Buchenwald, 2-2-1942.
KL. Buchenwald
El médico del campo.
Asunto: Judíos ineptos
para el trabajo en el KL de Buchenwald
Referencia: Conversación personal.
Escritos adjuntos: 2.
Al Sanatorio de
Bernburg a.d., Saale.
Apartado de Correos 263.
«Refiriéndome a nuestra conversación personal, adjunto le remito por duplicado para todos los efectos la lista de los judíos enfermos e ineptos para el trabajo que se encuentran en el campo de Buchenwald.
El médico del campo
de Buchenwald, (firmado) Hoven.
S.S. Obersturmführer d. R.»
Se advertirá que los dos escritos anunciados como incluidos en el envío no son publicados.
He aquí el segundo documento:
Bernburg, 5 de marzo de 1942.
Sanatorio de Bernburg. Ref. Z. Bc, gs. pt.
Al Sr. Comandante del campo de concentración de Buchenwald. (Weimar).
Referencia: Nuestra carta del
3 de marzo de 1942.
Asunto: 36 presos. Lista 12 del 2 de febrero de 1942.
«Por nuestra carta del 3 del corriente, le pedíamos pusiese a nuestra disposición los 36 últimos presos con ocasión del último transporte.
»Con motivo de la ausencia de nuestro médico-jefe que debe proceder al examen médico de estos presos,
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le pedimos que no nos los envíe el 18 de marzo de 1942 sino que los incluya en el transporte del 11 de marzo, y con sus expedientes, que le serán devueltos el 11 de marzo.
Heil Hitler!
(firmado) Godenschweig.»
Habrá que convenir que hace falta forzar singularmente los textos para deducir de este intercambio de correspondencia que se refería a una operación de exterminio por medio de las cámaras de gas. Incluso si no se le completa por un informe que el doctor Hoven envió al mismo tiempo a uno de sus superiores jerárquicos, y que según Eugen Kogon decía lo siguiente:
«Las obligaciones de los médicos contratados y las negociaciones con los servicios del cementerio han llevado frecuentemente a dificultades insuperables... Por elleome puse inmediatamente en contacto con el doctor Infried Eberl, médico-jefe del sanatorio de Bernburg (Saale), apartado de correos 252, teléfono 3169. Es el mismo médico que ha llevado a cabo el 14.F.13. El doctor Eberl muestra una extrema comprensión y una gran amabilidad. Todos los cuerpos de Ios presos fallecidos en Schonebeck-Wernigerode serán transportados al doctor Eberl a Bernburg e incinerados allí inmediatamente, incluso sin el acta de defunción.» (Página 256.)
Eugen Kogon hace también mención de las cámaras de gas de Birkenau (Auschwitz). Cuenta cómo se procedía al exterminio por este medio, según el testimonio:
«... de un joven judío de Brno, Janda Weiss, que pertenecía en 1944 al Sonderkommando (del crematorio y de las cámaras de gas), del cual provienen los siguientes detalles, confirmados por otras personas...» (Página 155.)
Que yo sepa, este Janda Weiss es el único personaje de toda la literatura de los campos de concentración del cual se dice que
[191] ha asistido al suplicio y se indica su dirección exacta. Y el único que se ha aprovechado de sus declaraciones es Eugen Kogon. Dada la importancia histórica y moral de la utilización de las cámaras de gas como instrumento de represión, quizá se hubieran podido tomar disposiciones (22) que hubiesen permitido al público conocer su declaración, de otro modo que a través de personas interpuestas, extendiéndola a dimensiones un poco mayores que las de un párrafo llevado por incidencia a un testimonio de conjunto.
Una operación que era practicada periódicamente en todos los campos bajo el nombre de «Selektion» no ha contribuido poco en difundir entre el público una opinión que ha conseguido ganar su favor respecto al número de las cámaras de gas y al de sus víctimas.
Un buen día, los servicios sanitarios del campo recibían la orden de preparar la lista de todos los enfermos considerados como ineptos para el trabajo por un período relativamente largo o definitivamente y de reunirlos en un bloque especial. Después, llegaban camiones - o un convoy de vagones - donde se les embarcaba y partían hacia un de stino desconocido . El rumor entre los internados quería que fuesen dirigidos directamente a las cámaras de gas y, por una especie de cruel irrisión, a los grupos formados en estas ocasiones se les denominaba «Himmelskommandos», lo cual significaba que estaban compuestos por gente que partía hacia el cielo. Naturalmente, todos los enfermos procuraban escapar a ellos.
Yo he visto llevar a cabo dos o tres «selecciones» en Dora: incluso escapé por casualidad a una de ellas. Dora era un campo pequeño. Si bien el número de enfermos ineptos fue siempre superior a los medios de que se disponía para cuidarlos, sólo alcanzó en muy raras ocasiones proporciones susceptibles de entorpecer el trabajo o de paralizar la administración.
En Birkenau, del cual habla David Rousset en el resumen objeto de esta aclaración, era diferente. El campo era muy grande: un hormiguero humano. El número de los ineptos era considerable. Las «selecciones» en vez de hacerse como en Dora por la vía burocrática y por el conducto de los servicios sanitarios, se decidían en el momento en que llegaban los camiones o el convoy de
[192] vagones. Eran numerosas hasta el punto de repetirse a un ritmo cercano al de una por semana y se practicaban según el aspecto. Entre la S.S. y la burocracia del campo por una parte, y por otra la masa de presos que intentaba escapar, se podía asistir pues a verdaderas escenas de caza del hombre en una atmósfera de locura general. Después de cada «selección», los que quedaban tenían el sentimiento de haber escapade provisionalmente a la cámara de gas.
Pero nada prueba irrefutablemente que todos los ineptos o considerados coma tales, reclutados así por el procedimiento de Dora o bien por el de Birkenau, eran conducidos a las cámaras de gas. En la operación de «selección» a la cual escapé en Dora, uno de mis camaradas no tuvo la misma suerte que yo. Le vi partir y le compadecí. En 1946, yo creía aún que había muerto asfixiado con todo el convoy del que formaba parte. En septiembre del mismo año, le vi con asornbro presentarse en mi casa para invitarme a una manifestación oficial que ya no recuerdo. Como le dije el sentimiento en el cual había vivido respecto a él, me contó que el convoy en cuestión había sido conducido no a una cámara de gas sino a Bergen-Belsen cuya misión era, al parecer, y más especialmente entonces, recibir para su convalecencia (23) a los deportados de todos los campos. Se puede comprobar: se trata del señor Mullin, empleado en la estación de Besançon. Por otra parte, en el bloque 48 de Buchenwald yo había encontrado ya a un checo que había regresado de Birkenau en las mismas condiciones.
¿Mi opinión sobre las cámaras de gas? Las hubo: no tantas como se cree. Exterminios por este medio los hubo: no tantos como se ha dicho. El número no hace desaparecer en nada la naturaleza del horror, pero el hecho de que se tratase de una medida dictada por un Estado en nombre de una filosofía o de una doctrina aumentaría singularmente esa naturaleza. ¿Hay que admitir que ha sido así? Es posible, pero no es seguro. La relación de causa a efecto entre la existencia de las cámaras de gas y los exterminios no está in discutiblemente establecida por los
[193] textos que publica Eugen Kogon (24) y me temo que aquellos a los cuales se refiere sin transcribirlos lo establezcan aún menos.
Lo repito una vez más: el argumento que representó el mayor papel en este asunto parece ser la operación «Selección» de la cual no hay un deportado que pueda hablar como testigo bajo una u otra forma y que no lo haga en función principalmente detodo lo que ha temido en aquel momento. Los archivos del nacionalsocialismo no están todavía completamente examinados. No se puede anticipar con certeza que en ellos se descubrirán documentos de índole tal como para anular la tesis admitida: esto sería caer en el exceso contrario. Pero si un día permitiesen descubrir uno o varios escritos ordenando la construcción de las cámaras de gas con un propósito completamente distinto al de exterminar - nunca se sabe, con este terrible genio científico de los alemanes - habría que admitir que la utilización que ha sido hecha de ellas en algunos casos, recae sobre uno o dos locos entre la S.S. y una o dos burocracias de internados para agradarles, o viceversa, por una o dos burocracias de internados con la complicidad, comprada o no, de uno o dos de la S.S. particularmente sádicos.
En el estado actual de la arqueología de los campos, (25) nada permite esperar o confiar en semejante descubrimiento pero nada permite tampoco el excluirlo. En todo caso, hay un hecho sintomático que ha sido destacado muy poco: en los escasos campos en que se han encontrado cámaras de gas, estaban más bien unidas a los bloques sanitarios de la desinfección y de las duchas que contenían instalaciones de agua que a los hornos crematorios, y los gases empleados eran emanaciones de sales prúsicas, productos que entran en la composición de las materias colorantes, particularmente del azul, de las cuales hizo Alemania durante la guerra un uso tan abundante.
Bien entendido, este es sólo una suposición. Pero en la historia como en las ciencias, ¿no han tomado su partido la mayoría
[194] de los descubrimientos si no en la suposicón al menos en una duda estimulante?
Si se objeta que no hay ningun interés en proceder de esta manera con el nacionalsocialismo cuyas malas acciones están por otra parte sólidamente establecidas, se me permitirá el pretender que no lo hay mayor en apuntalar una doctrina o una interpretación quizía verdadera sobre hechos dudosos o falsos. Todos los grandes principio de la democracia mueren no por su contenido sino por exponerse excesivamente a la crítica por detalles que se creen tan insignificantes en lo accesorio como en la sustancia, y las dictaduras sólo triunfan generalmente en la medida en que se esgrimen contra ellas argumentos mal estudiados. Apropósito de esto, David Rousset cita un hecho que ilustra magistralment e esta manera de ver las cosas :
«Yo hablaba con un médico alemán... visiblemente este no era un nazi. Estaba harto de la guerra e ignoraba dónde se encontraban su mujer y sus cuatro hijos. Dresde, que era su ciudad, había sido cruelmente bombardeada. «vamos a ver - me dijo - ¿ se ha hecho la guerra por Dantzig? Yo le respondí que no. «Entonces, ve Usted, la política de Hitler en los campos de concentración ha sido horrible (yo asentí); pero en todo lo demás tenía razón. (Página 176)
Así pues, por este insignificante
detalle, porque se había creído astuto declarar
que se iba a la guerra por Danzig y esto se había revelado
como falso, este médico juzgaba toda la política
de Hitler y la aprobaba. Yo me pregunto horrorizado qué
es lo que pensará ahora si ha leído a David Rousset.
Esto carece de gran importancia:
La expresión Kapo es verosimilmente de origen italiano y significa la cabeza: otras dos explicaciones posibles: Kapo, abvreviatura de Kaporal, o procede de la contracción de la expresión Kamerad-Polizei, empleada en los primeros meses de Buchenwald» (Página . 131.)
[195]
Eugen Kogon es más categoricos:
«Kapo: del italiano «Il capo», la cabeza, el jefe... « (El infierno organizado, p. 59).
Yo sugiero otra expresión que hace derivar la palabra de la expresión Konzentrationsläger Arbeits Polizei, de la que forma las iniciales, como Schupo deriva de Schutz Polizei y Gestapo de Geheime Staats Polizei. El afán de David Rousset y de Eugen Kogon es interpretar más bien que analizar en le fondo, no les ha permitido pensar en ello.
[196]
Yo el infrascrito Wolfgang Grosch, atestiguo y declaro lo siguiente :
«en lo que atañe a la construcción de las cámaras de gas y de los hornos crematorios, esta tuvo lugar bajo la responsabilidad del grupo de trabajo C, después de haber hecho la petición el grupo D. La vía jerárquica era la siguiente : el grupo de trabajo D se poná en relación con el grupo C. La oficina CI elaboraba los planos para estas instalaciones en la medida en que se tratase de construcciones propiamente dichas, los trasmitía entonces a la oficina CIII que se ocupaba del aspecto mecánico de estas construcciones, como por ejemplo la ventilación de las cámaras de gas o los preparativos para el gaseamiento. La oficina CIII confiaba entonces estos planos a una empresa privada, que debía enviar las máquinas especiales o los hornos crematorios. Siempre por la vía jerárquica, la oficina CI II avisaba a la aficina CIV la cual transmnitía el encargo por medio de la inspección de construcciones Oeste, Norte, Sur y Este a las direcciones centrales de construcciones. La dirección central de construcciones transmitía entonces la orden de construcción a las respectivas direcciones de construcciones en los campos de concentración, las cuales hacían ejecutar
[197]
las construcciones propiamente dichas a los presos que la oficina del grupo DIII ponía a su disposición. El grupo D daba al grupo C las órdenes y las normas refe" rentes a las dimensiones de las construcciones y a su finalidad... En el fondo, era el grupo D quien daba las órdenes en cuanto a las cámaras de gas y los homos crematorios.
Firmado: WOLFGANG GROSCH.(Según David Rousset, en El payaso no ríe.)
Esta declaración fue hecha ante el Tribunal de Nuremberg. Aunque no sea exclusivamente de su incumbencia, la jerga en la cual está redactada parece haber sido respetada escrupuIosamente por el traductor, visiblemente para mantener la confusión.
No puede sin embargo escapar al lector:
1.* que sólo se habla de la «construcción» de las cámaras de gas, y no de su «destino» ni de su «empleo»;
2.* que el testigo se remite a hechos de los cuales seria fácil establecer la materialidad y a «instrucciones» que se podrían publicar y sin embargo parece que se evita cuidadosamente el hacerlo, especialmente en lo tocante a la finalidad de las mencionadas cámaras de gas;
3.* que del conjunto de construcciones para los campos cuyo estudio y realización estaba confiado al grupo de trabajo D (bloques habitables, enfermerías, cocinas, talleres, fábricas, etc.) las cámaras de gas y los hornos crematorios han sido aislados y señaladamente acercados con el propósito de impresionar major a una opinión pública que acepta fácilmente que le sean presentados los hornos crematorios como instrumentos de tortura especialmemente inventados para los campos de concentración porque ella no sabe que la práctica de la cremación es de uso corriente - tan corriente como la inhumación - en toda Alemania.
Por todas estas razones, ningún historiador aceptará nunca esta declaración en su integridad.
[198]
N.* del sector postal: 32.704
B.N. 440/42.
501 P.S.
Kiev, 16 de abril de 1942.
Asunto secreto del Reich.
Al S.S. Obersturmführer Rauff.
Berlín. Prinz Albrecht Strasse 8.
La revisión de los coches de los grupos D y del grupo C está completamente terminada. Mientras que los coches de la primera serie pueden ser utilizados incluso con mal tiempo (es preciso sin embargo que no lo sea excesivamente) los coches de la segunda serie (Saurer) se atascan completamente con tiempo lluvioso (26). Cuando, por ejemplo, ha llovido, en media hora está el coche inutilizable, sencillamente patina. Sólo es posible servirse de ellos con tiempo totalmente seco. La única cuestión que se plantea es la de saber si se puede utilizar el coche en el mismo lugar de ejecución cuando está parado. Primeramente es necesario conducir el coche hasta el lugar en cuestión, lo cual sólo es posible con buen tiempo.
El lugar de ejecución se encuentra generalmente alejado de 10 a 15 Km. de las carreteras principales, y está ya escogido poco accesible. Es completamente inaccesible cuando el tiempo es húmedo o lluvioso. Si se conducen las personas a pie o en coche al lugar de ejecución, se dan cuenta inmediata de lo que pasa y se inquietan, cosa que conviene evitar en todo lo posible. Sólo queda como única solución la consistente en cargarlos en camiones en el lugar de reunión y llevarlos entonces al lugar de ejecución.
He mandado pintar el coche del grupo D como coche-vivienda y con este fin he hecho fijar a cada lado de los pequeños coches una pequeña ventana, tales como las que se ven frecuentemente en nuestras casas de labradores en el campo, y dos pequeñas ventanas a cada lado de los coches grandes. Estos coches fueron
[199] advertidos tan rápidamente que recibieron el sobrenombre de «coches de la muerte». No solamente las autoridades sino también la población civil les designaba por este mote tan pronto como aparecían. A mi entender, incluso esta pintura no podrá preservarlos por mucho tiempo de ser reconocidos.
Los frenos del coche Saurer que yo conducí de Simféropol a Taganrog resultaron defectuosos en el camino. El S.K. de Mariampol comprobó que la palanca del freno está combinada al aceite y a la compresión. Por la persuasión y la corrupción del H.K.P. se logró hacer preparar para ambos un molde con arreglo al cual se han podido ajustar dos palancas. Cuando llegué algunos días más tarde a Stalino y Gerlowka, los conductores de los coches se quejaban del mismo defecto (27). Después de una entrevista con los jefes de estos comandos, volví de nuevo a Mariampol para mandar hacer otras dos palancas para cada uno de estos coches. Según lo acordado, en cada coche serán ajustadas dos palancas, otras seis quedarán en reserva en Mariampol para el grupo D, y otras seis aún serán enviadas al S.S. Untersturmführer Ernst para los coches del grupo C. Para los grupos B y A las palancas podrían enviarse desde Berlín, pues su transporte de Mariampol hacia el Norte es demasiado complicado y llevaría demasiado tiempo. Las pequeñas averías en los coches son reparadas por técnicos de los comandos o de los grupos en su propio taller.
El terreno lleno de baches y el estado apenas concebible de los caminos y carreteras, desgastan poco a poco los puntos de empalme y las partes impermeabilizadas. Se me preguntó si sería preciso entonces efectuar la reparación en Berlín. Pero esta operación costaría demasiado caro y exigiría demasiada gasolina. Con el fin de evitar estos gastos, di la orden de hacer sobre el terreno pequeñas soldaduras y en caso de que esto resultase imposible de telegrafiar inmediatamente a Berlín diciendo que el coche P.O.L. número... estaba fuera de servicio. Además, ordené alejarse a todos los hombres en el momento de los gaseamientos a fin de no exponer su salud a las posibles emanaciones de estos gases. Quisiera con este motivo hacer todavía la siguiente observación: varios comandos hacen descargar los coches por sus propios hombres después del gaseamiento. He llamado la atención al S.K. en cuestión sobre los daños tante morales como físicos a que se exponen estos hombres, si no inmediatamente al menos un poco
[200] más tarde. Los hombres se me quejaban de dolores de cabeza después de cada descarga. Sin embargo no se puede modificar la ordenanza (28), porque se teme que los detenidos (29) empleados en este trabajo podrían escoger un momento favorable para emprender la huida. Para proteger a los hombres contra este inconveniente, le ruego que dicte las órdenes oportunas.
El gaseamiento no se lleva a cabo como debiera. A fin de terminar antes con esta acción, los chóferes aprietan siempre a fondo el acelerador (30). Esta medida ahoga a las personas que se ejecuta en vez de matarlas adormeciéndolas. Mis instrucciones son las de abrir las manivelas de tal forma que la muerte sea más rápida y más apacible para los interesados. Ya no tienen los rostros desfigurados ni dejan eliminaciones como se podía comprobar hasta ahora.
Hoy me dirijo hacia los lugares de estacionamiento del grupo B, y las posibles noticias me pueden llegar allí.
(firmado) DR. BECKER. S.S. Untersturmführer.
(Según la obra de David Rousset El payaso no ríe.)
Este informe viene en apoyo de una afirmación de Eugen Kogon, que en El infierno organizado escribe:
«... ella (la S.S.) empleaba también cámaras de gas ambulantes: eran autos que por fuera parecían coches celulares y en el interior estaban adecuadamente instalados. En estos cochos, no parece haber sido muy rápido el gaseamiento, pues de ordinario rodaban bastante tiempo antes de pararse y de descargar los cadáveres.» (Página 154.)
Eugen Kogon, que no dice si se han encontrado estos coches de la muerte, tampoco cita este informe.
Sea lo que sea, hay que felicitar al traductor que si bien no ha logrado llenar ciertas lagunas ni satisfacer algunas curiosidades, ha dado al menos a la forma una extraordinaria fisonomía latina en la expresión del pensamiento.
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Y es preciso advertir:
1.* que les es más fácil a los actuales investigadores de documentos encontrarlos sobre lo que pasaba en Mariampol que sobre 1o que pasaba en Dachau;
2.* que omitiendo una ordenanza procedente de un ministroe, se destaca la simple «carta de un alférez a su teniente» relativa a la cuestión.
3.* que si se ha encontrado un escrito, no parece que se hayan encontrado los coches - o al menos si se han encontrado el acontecimiento ha hecho muy poco ruido.
Yo no conozco a Eugen Kogon. Todo lo que sé de él lo he conocido en el momento de la publicación de su obra, por lo que dice en ella sobre sí mismo y por lo divulgado en la prensa. Bajo reservas: periodista austríaco, de tipo cristiano-social o cristiano-progresista, detenido a consecuencia del Anschluss, deportado a Buchenwald. Presentado al público francés como sociólogo (32).
El infierno organizado es el testimonio mejor difundido y está escrito en forma conveniente. Trata de una cantidad considerable de hechos, en su mayor parte vividos. No está exento de ciertas ingenuidades ni de ciertas exageraciones pero es falso sobre todo en la explicación y en la interpretación. Esto depende por una parte de la manera de relatar del autor que obra con «espíritu político»
[203] (prefacio, página 14) y por otra de que ha querido justificar el comportamiento de la burocracia de los campos de concentración de una manera más categórica todavía y más concreta que David Rousset.
Por lo demás, Eugen Kogon expone los acontecimientos - dice - "desnudamente... como hombre y como cristiano" (prefacio, página 14) sin ninguna intención de escribir «una historia de los campos de concentración alemanes» ni «tampoco una compilación de todos los horrores cometidos, sino una obra esencialmente sociológica, cuyo contenido humano, político y moral, con una fundada autenticidad, posee un valor de ejemplo». (Introducción, página 20.)
La intención era buena.
Se creía capacitado para esta misión, y quizá lo estaba. El se presenta como:
«...teniendo por lo menos cinco años de cautiverio... ascendiendo desde abajo en las condiciones más penosas y habiendo llegado poco a poco a una posición que le había permitido ver claro y ejercer una influencia..., no habiendo pertenecido nunca a la clase prominente del campo... no estando manchado por ninguna infamia en su comportamiento de preso.» (Página 20.)
En la práctica, después de ester destinado durante un año en el comando de la Effektenkammer (almacén de vestuario), empleo privilegiado, pasó a ser secretario del médico-jefe del campo, doctor Ding-Schuller, empleo más privilegiado aún. Por esta última razón tuvo que conocer en detalle todas las intrigas del campo durante los dos últimos años de su internamiento.
Después de haberlo leído, he vuelto a cerrar el libro. Luego lo he vuelto a abrir. Y bajo el título de la página de guarda he escrito como subtítulo: o Plegaria pro domo.
EL PRESO EUGEN KOGON.
En Buchenwald había una «Sección para el estudio del tifus
[204] y de los virus». Ocupaba los bloques 46 y 50. El responsable de ella era el S.S. médico-jefe del campo, doctor Ding-Schuller.
He aquí cómo funcionaba:
«En el bloque 46 del campo de Buchenwald - que era por otra parte un modelo de limpieza aparente y estaba bien instalado - no se realizaban solamente experiencias sobre hombres sino que se aislaba igualmente a todos los tíficos contaminados en el campo por vía natural o que ya lo estaban cuando fueron entregados a él. Se les curaba allí, en la medida en que resistían esta terrible enfermedad. La dirección del bloque fue confiada... por parte de los presos... a Arthur Dietzsch que había alcanzado algunos conocimientos médicos sólo por la práctica (33). Dietzsch era comunista y se encontraba en prisión desde hacía más de 20 años (34). Era un ser muy endurecido y naturalmente una de las personas más odiadas y más temidas del campo de Buchenwald. (35).
»Como la jefatura de la S.S. del campo y los suboficiales tenían un temor insuperable al contagio y pensaban que también se podía contagiar el tifus por simple contacto, por el aire, por la tos del enfermo, etc., nunca penetraban en el bloque 46... Los presos se aprovechaban de esto en colaboración con el Kapo Dietzsch: la dirección ilegal del campo se servía de ello por una parte para desembarazarse de las personas que colaboraban con la S.S. contra los presos (o que parecían colaborar, o simplemente que eran impopulares) (36) y por otra para ocultar en el bloque 46 a ciertos prisioneros políticos de importancia
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cuya vida estaba amenazada, lo cual era a veces muy difícil y muy peligroso para Dietzsch, pues sólo tenía como criados y enfermeras a algunos verdes.. (Página 162.)
«En el bloque 50 se preparaba vacuna contra el tifus exantemático con pulmones de ratones y de conejos, según el procedimiento del profesor Girond de Paris. Este servicio fue fundado en agosto de 1943. Los mejores especialistas del campo, médicos, bacteriólogos, serólogos, químicos, fueron escogidos para esta tarea, etc...» (Página 163.)
Y he aquí cómo fue destinado Eugen Kogon a su puesto:
«Una hábil política de los presos tuvo como finalidad, desde el comienzo, el llevar a este comando a los camaradas de todas las nacionalidades cuya vida estaba amenazada, pues la S.S. sentía tanto temor respetuoso ante este bloque como ante el bloque 46. No sólo por el capitán de la S.S. doctor Ding-Schuller sino también por los presos, y por diferentes motivos, este temor fetichista de la S.S. fue mantenido (por ejemplo colocando letreros sobre el cerco de alambradas que aislaba al bloque). Algunos candidato para la muerte, tales como el físico holandés Van Lingen, el arquitecto Harry Pieck y otros holandeses, el médico polaco doctor Marian Ciepielowski (jefe de producción en este servicio), el profesor doctor Balachowski, del Instituto Pasteur de París, el autor de esta obra en su calidad de periodista austríaco y siete camaradas judíos, encontraron un asilo en este bloque con la aprobación del doctor Ding-Schuller.» (Página 163.)
Es necesario admitir que Eugen Kogon dio serias garantías al núcleo «comunista» que tenía preponderancia en el campo - ¡contra otros grupos verdes, políticos, o sea comunistas! - para lograr ser desiguado por él para este puesto de confianza. Y no hay que olvidar estoe: «con la aprobación del doctor Ding-Schuller...»
Veamos ahora lo que él podía permitirse en este puesto:
[206]
«Con motivo de las peticiones que cada vez sugería, redactaba y sometía a la firma, ellos fueron protegidos contra súbitas levas, transportes de exterminio, etc.» (Página 163.)
o también:
«Durante los dos últimos años que he pasado en calidad de secretario del médico, redacté con ayuda de especialistas del bloque 50, por lo menos media docena de informes médicos sobre el tifus exantemático firmados por el doctor Ding-Schuller... Sólo mencionaré de paso el hecho de que yo estaba igualmente encargado de una parte de su correspondencia privada, incluyendo cartas de amor y de condolencia. Frecuentemente él no leía ni siquiera las respuestas, me arrojaba las cartas después de haberlas abierto y me decía: «Despache esto, Kogon. Usted ya sabe bien lo que hay que responder. Es alguna viuda que busca un consuelo...» (Página 270.)
Y podía declarar:
«Tenía en mis manos al doctor Ding-Schuller.» (Página 218.)
hasta tal punto que estar «en malas relaciones con el Kapo del bloque 46» ni siquiera le preocupaba.
Resulta de todo este que habiendo sabido granjearse los favores del equipo influyente en la Häftlingsführung (37), se había atraído al mismo tiempo los de una de las más altas autoridades
[207] de la S.S. del campo. Todos los que hayan vivido en un campo de concentración estarán de acuerdo en que semejante resultado apenas era susceptible de ser obtenido sin algunas retorsiones a las reglas morales de uso habitual fuera de los campos.
EL MÉTODO.
«Para disipar ciertos temores y demostrar que este relato (así es como él designa a su Infierno organizado) no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo, lo leí, a comienzos de 1945, cuando ya estaba casi terminado y sólo faltaban los dos últimos capítulos de un total de doce, ante un grupo de quince personas que hablan pertenecido a la dirección clandestina (38) del campo, o que representaban a ciertos grupos politicos de presos. Estas personas aprobaron la exactitud y la objetividad de ella.
Asistieron a esta lectura:
1.-- Walter Bartel, comunista de Berlin, presidente del Comité internacional del campo.
2.-- Heinz Baumeister, socialdemócrata, de Dortmund, que durante años habla pertenecido al secretariado de Buchenwald; subsecretario del bloque 50.
3.-- Ernst Busse, comunista, de Solingen, Kapo de la enfermería de los presos.
4.-- Boris Banilenko, jefe de las juventudes comunistas en Ucrania, miembro del comité ruso.
5.-- Hans Eiden, comunista, de Treves, primer Lagerältester.
6.-- Baptist Feilen, comunista, de Aquisgrán, Kapo del lavadero.
7.-- Franz Hackel, independiente de izquierda, de Praga. Uno de nuestros amigos, sin función en el campo.
[208]
8.-- Stephan Heymann, comunista, de Mannheim, miembro de la oficina de información del campo.
9.-- Werner Hilpert, del Zentrum, de Leipzig, miembro del comité internacional del campo.
10.-- Otto Horn, comunista de Viena, miembro del comité austríaco.
11.-- A. Kaltschin, prisionero de guerra ruso, miembro del comité ruso.
12.-- Otto Kipp, comunista de Dresde, Kapo suplente de la enfermería de los presos.
13.-- Ferdinand Römhild, comunista de Frankfurt del Main, secretario de la enfermería de los presos.
14.-- Ernst Thappe, socialdemócrata, jefe del comité alemán.
15.-- Walter Wolf, comunista, jefe de la oficina de información del campo.» (Páginas 20 y 21.)
Por sí sola, esta declaración que en cierto modo podria ir como introducción del libro, basta para hacer sospechoso todo el testimonio: «Para disipar ciertos temores y demostrar que este relato no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo...»
Eugen Kogon ha evitado pues el referir todo lo que pudiera acusar a la Häftlingsführung, guardando sólo agravios contra la S.S.: ningún historiador aceptará esto jamás. Por el contrario, se puede creer fundadamente que obrando así él ha pagado una deuda de gratitud hacia los que le procuraron en el campo un empleo completamente tranquilo y con los cuales tiene intereses comunes que defender ante la opinión pública.
Además, las quince personas citadas que han decidido de su «exactitud y de su objetividad» resultan sospechosas. Todas ellas son comunistas o simpatizantes del comunismo (incluso las que figuran bajo la denominación de socialdemócrata, independiente o centrista) y si casualmente hubiera alguna excepción sólo se trataría de un agradecido. En fin, constituyen un cuadro de los más altos personajes de la burocracia del campo de Buchenwald: Lägeraltester, Kapos, etc.
Yo considero como insignificantes o fantásticos los títulos de presidente o de miembro del comité de este o de aquello que se
[209] han atribuido en forma encubierta: se los han concedido mutuamente entre ellos en el momento de la liberación del campo por
los norteamericanos e incluso posteriormente. Y no me detengo en la noción de «comité» que se ha introducido en la discusión y de la cual ya he tratado en otro lugar: ellos han dicho esto y han logrado hacerlo admitir invocando motivos muy nobles (39).
A mi juicio, estas quince personas se han alegrado sumamente de encontrar en Eugen Kogon una pluma hábil para descargarles de toda responsabilidad a los ojos de las futuras generaciones.
LA HÄFTLINGSFÜHRUNG.
«Sus tareas eran las siguientes: mantener el orden en el campo, velar por la disciplina para evitar la intervención de la S.S., etc. Durante la noche - que permitía suprimir las patrullas de la S.S. en el campo - su tarea era acoger a los recién llegados, lo cual evitó poco a poco los brutales enredos de la S.S. Esta era una tarea difícil e ingrata. La guardia del campo de Buchenwald golpeaba raramente, aunque hubo a menudo brutales altercados. Los recién llegados, que venían de otros campos, desde luego estaban asustados cuando eran recibidos por la gente de la guardia del campo de Buchenwald, pero siempre sabían apreciar seguidamente esta acogida más benigna que en otros sitios... Siempre había ciertamente tal o cual miembro de la guardia del campo que con arreglo a su manera de expresarse podía pasar por un S.S. malogrado. Pero esto tenía poca importancia. Sólo contaba el fin: manfener un núcleo de prisioneros contra la S.S. Si la guardia del campo no hubiese hecho reinar una impecable apariencia de orden frente a la S.S., ¿qué hubiera sido del campo entero y de los millares de prisioneros en el de las llegadas y salidas en grupo, durante las operaciones de castigo y «last not least» (40) en los últimos días antes de la liberación?» (Página 62.)
[210]
Si me remito solamente a mi experiencia personal acerca de la acogida que se le dispensó a mi convoy en dos campos diferentes, no me es posible convenir que fue mejor en Buchenwald que en Dora, sino más bien lo contrario. Pero debo reconocer que las condiciones generales de vida en Buchenwald y en Dora no eran comparables: el primero era un sanatorio en relación al segundo. Deducir de ello que esto se debía a una diferencia de composición, de esencia y de convicciones políticas o filosóficas entre las dos Häftlingsführung sería un error: si se las hubiese invertido en bloque el resultado hubiese sido el mismo. En ambos casos, su comportamiento estaba impuesto por las condiciones generales de existencia y no viceversa.
En la época de la que habla Eugen Kogon, Buchenwald estaba en el término de su evolución. Todo estaba acabado o casi: los servicios ya funcionaban, se había establecido un orden. Los de la S.S., menos expuestos a las molestias que el desorden trae consigo, insertados en un programa regular y casi sin azares, se irritaban mucho menos que antes. En Dora, por el contrario, el campo estaba en plena construcción, era preciso crear todo e instalarlo con los medios limitados de un país en guerra. El desorden era el estado natural. Allí todo chocaba entre sí. La S.S. era inabordable y la Häftlingsführung no sabiendo qué inventer para complacerla iba a menudo más allá de sus deseos. En Buchenwald, las exigencias de un Kapo o de un Lagerältester, idénticas en sus móviles y en sus fines, eran menos sensibles en su alcance solamente porque en una situación major en todos los puntos ellas no entrañaban consecuencias tan graves para la masa de detenidos.
Conviene añadir como prueba suplementaria, aun redundante, que en el otoño de 1944 el campo de Dora estaba también terminado poco más o menos, y aun sin haber modificado en nada la Häftlingsführung su comportamiento, las condiciones materiales y morales de existencia podían compararse a las de Buchenwald. En aquel momento se precipitó el fin de la guerra, los bombardeos limitaron las posibilidades de abastecimiento, el avance de los aliados en ambos frentes aumentó la población con la de los campos evacuados del Este y del Oeste y todos los problemas se plantearon de nuevo.
Queda por señalar el razonamiento según el cual para mantener un núcleo contra la S.S. era importante el sustituirla: no lo entiendo, pues todo el campo estaba naturalmente contra la
[211] S.S. Podría sostenerse que hubiera sido preferible mantener «en vida» a todo el mundo contra la S.S., y no solamente a un núcleo a sus órdenes, aunque sólo fuese para suscitarle dificultades suplementarias... En lugar de esto, se empleó un medio que si bien salvó a este precioso núcleo hizo morir a la masa. Porque como reconoce Eugen Kogon, después de David Rousset, no eran sólo las buenas maneras las que intervenían en la cuestión:
«De hecho, los presos no han recibido nunca las escasas raciones que les eran asignadas en principio. Primeramente, la S.S. tomaba lo que le agradaba. Después los presos que trabajaban en el almacén de víveres y en las cocinas se las "arreglaban" para descontaõ ampliamente su parte. Luego los jefes de cuarto apartaban una buena cantidad para elles y para sus amigos. El resto iba a los miserables presos ordinarios.» (Página 107.)
Conviene precisar que todo el que detentaba una pequeña parte de autoridad en el campo era colocado por esa razón para «sustraer»: el Lagerältester que entregaba globalmente las raciones, el Kapo o el jefe de bloque que se servían copiosamente en primer lugar, el jefe de equipo o el Stubendienst (jefe de cuarto) que cortaban el pan o ponían la sopa en las escudillas, el policía, el secretario, etc. Es curioso que Kogon ni siquiera lo mencione.
Toda esta gente se regodeaba literalmente con los productos de sus robos, y paseaban por el campo unos semblantes florecientes. Ningún escrúpulo les detenía:
«Para la enfermería de los presos había en los campos una alimentación especial de enfermos, lo que se llamaba la dieta. Esta era muy solicitada como suplemento y en su mayor parte era sustraída en provecho le las personalidades del campo: Blockältester, Kapos, etc. En cada campo se podían encontrar comunistas o criminales que durante años recibían además de otras ventajas tas suplementos para enfermos. Era sobre todo una cuestión de relaciones con la cocina de los enfermos compuesta exclusivamente por gente que pertenecía a la clase de presos que dominaba el campo, o bien un asunto de intercambio de buenos servicios: los
[212]
Kapos del taller de costura, de la zapatería, del almacén de vestuario, del de herramientas, etc., entregaban a cambio de esta alimentación lo que los otros les pedían. En el campo de Buchenwald, de 1939 a 1941 se desplazaron cerca de cuarenta mil huevos en el interior mismo del campo.» (Páginas 110, 111 y 112.)
Durante ese tiempo, los enfermos morían en la enfermería al ser privados de esta alimentación especial que les asignaba la S.S. Explicando el mecanismo del robo, Kogon hace de él un simple aspecto del «sistema D», empleado indistintamente por todos los presos que se encontraban en el recorrido por los alimentos. Esto constituye a la vez una inexactitud y un acte de benovolencia con respecto a la Häftlingsführung.
El trabajador de un comando cualquiera no podía robar: el Kapo y el Vorarbeiter vigilaban estrechamente dispuestos a denunciarle. A lo más que podía arriesgarse era a coger algo a uno de sus compañeros de infortunio una vez hecha la distribución de las raciones. Pero el Kapo y el Vorarbeiter podían sustraer de acuerdo del conjunto de las raciones antes de distribuirlas, y lo hacían cínicamente. También impunemente porque era imposible denunciarles en otra forma que no fuese la vía jerárquica, es decir, pasando por ellos. Robaban para ellos, para sus amigos, para los funcionarios de autoridad a los cuales les debían el puesto y, en los escalones superiores de la jerarquía, para la S.S. de la cual querían asegurarse o conserver la protección.
De la dieta de los enfermos, el Kapo de la enfermeria - ¡el que ha confirmado la exactitud y la objetividad del testimonio de Kogon! - sustraía una importante cantidad en provecho de sus colegas y de los comunistas acreditados (41). Durante mi estancia en Buchenwald, hizo guardar una cantidad de leche cercana al litro, y de paso algunas otras golosinas, para Erich, jefe del bloque 48. Si se lleva esta operación a la escala del campo ya se puede calcular la cantidad de leche de la que así eran privados los enfermos. En comparación, los pequeños robos en el circuito eran insignificantes.
Así pues, bien se tratase del menú ordinario o de la dieta, enfermos o no, para morirse de hambre los presos tenían dos razones
[213] que añadir; las detracciones de la S.S. (42) y las de la Häftlingsführung. Tenían por tanto dos razones para recibir golpes y ser maltratados en general. En estas condiciones, había pocos detenidos que no profiriesen tratar directamente con la S.S.: el Kapo que robaba con exceso golpeaba también más fuerte para agradar a la S.S. y era raro que una simple reprimenda de uno de la S.S. no entrañase por añadidura una tunda del Kapo.
LOS ARGUMENTOS.
Los argumentos que justifican la salvación de un núcleo ante todo y a toda costa, no son más concluyentes que los hechos.
«¿Qué habría sido del campo entero, sobre todo en el momento de la liberación?» (Página 273 de la obra citada.)
empieza por preguntarse Kogon atemorizado. De esto que precede resulta ya que el campo entero sólo hubiera tenido un motivo de menos para morir a este ritmo. No basta con añadir:
«Es así como los primeros carros de combate norteamericanos que venían del Norte-Oeste, encontraron liberado Buchenwald.» (Página 304.)
y hace recaer el mérito de ello sobre la Häftlingsführung, para que esto sea verdad. Según eso se podría decir también que entraron en una Francia liberada, lo cual sería ridículo. La verdad es que la S.S. huyó ante el avance norteamericano e intentando llevar consigo el mayor número posible de presos lanzó a la Häftlingsführung con las porras en la mano a la caza del hombre en el campo.
Gracias a esto, la operación se hizo con un mínimo de desorden. Y si por una milagrosa casualidad la ofensiva de los norteamericanos hubiera sido detenida ante el campo, hasta tal punto que una contraofensiva alemana llevada vigorosamente hubiese podido decidir el resultado de la guerra en otro sentido, el razonamiento ofrecería una cierta ventaja que se trasluce de estas líneas:
[214]
«Las jefaturas de la S.S en los campos no eran capaces de ejercer un control sobre decenas de millares de presos de otra manera que no fuese la exterior y esporádica.» (Página 275.)
Dicho de otro modo, en una Alemania victoriosa cada uno de los funcionarios de autoridad del campo hubiese podido alegar su contribución personal al mantenimiento del orden, su abnegación, etc., para obtener la liberación.
Y el texto que se acaba de leer hubiera podido aparecer sin cambiar ni una sola coma.
«Mediante un combate sin cesar había que romper y hacer inoperante el método de la S.S. que mezclaba las diversas categorías de presos, mantenía las oposiciones naturales y provocaba otras artificiales. Los motivos de esto eran claros entre los rojos. Entre los verdes no era de ningún modo por motivos políticos; querían poder dar libre curso a sus prácticas habituales: corrupción, chantaje y búsqueda de ventajas materiales Todo control les era insoportable, en especial un control procedente del interior del mismo campo.» (Página 278.)
Es evidente que ningún método de la S.S. podía hacerse inoperante desde el momento en que practicado por otros con eI mismo propósito se aplicaba al mismo objeto y en la misma forma. Más aún: era innecesario. La S.S. ya no tenía necesidad de golpear puesto que aquellos en los cuales había delegado sus poderes golpeaban mejor; ni de robar, pues ellos robaban mejor y el beneficio era el mismo cuando no era más substancial; ni de hacer morir a fuego lento para hacer respetar el orden, pues se ocupaban de ello en su lugar y el orden era más resplandeciente.
Por otra parte, yo no he observado nunca que la intervención de la burocracia del campo haya borrado las oposiciones naturales, ni que las diverses categorías de presos hayan estado menos mezcladas de lo que había decidido la S.S.
Los métodos empleados, se estará de acuerdo, no eran convenientes para obtener este resultado. Y el fin perseguido - el confesado - no era sino aquel de «dividir para reinar», este principio
[215] que vale para todo poder deseoso de sostenerse y que valía tanto para la Häftlingsführung como para la S.S. En la práctica, mientras que la última oponía indistintamente la masa de presos a los que ella había escogido para gobernarles, la primera se servía del matiz político, de la naturaleza del delito y de la selección de un núcleo de cierta calidad.
Lo que es divertido - ¡a distancia! - en esta tesis es la distinción que hace entre los rojos y los verdes en el poder, acusando a estos últimos de corrupción, de chantaje y de búsqueda de ventajas materiales: ¿qué hacían pues los rojos que no fuese esto? Y para el preso ordinario, ¿cuál era la diferencia si le era imposible medirla en un resultado?
En un mundo bizantinizado por décadas de una enseñanza para pequeños-burgueses, la yuxtaposición de proposiciones abstractas adquiere mayor importancia que el inexorable encadenamiento de los hechos. Una moral que para establecer un contraste entre el delito de derecho común y el delito político ti