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PAUL RASSINIER

La mentira de Ulises

Version española ( 1961) de

Bernardo Gil Mugarza

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y el mismo libro, entero, en uno clic (formato PDF)

 

II/ cap.3
II/ cap.4
II/ cap.5

[160]


CAPÍTULO III

LOUIS MARTIN-CHAUFFIER

 

Es intermediario entre los testigos menores, a los que supera intentando dominar o por lo menos explicar doctamente los acontecimientos que ha vivido, y las grandes figuras como David Rousset, del que no tiene la potencia de análisis, o como Eugen Kogon de cuya precisión y minaciosidad carece. Por este motivo, y teniendo en cuenta el lugar que ocupa en la literatura y el periodismo de la postguerra, no podía ser clasificado entre los primeros ni entre los últimos.

Es un literato profesional.

Pertenece a esta categoría de autores a los que se llama «comprometidos». El se compromete, pero también se desliga a menudo - para volverse a comprometer -, pues el compromiso constituye en él una segunda naturaleza. Se le conoció como simpatizante del comunismo - bastante tarde - y ahora es anticomunista. Probablemente, además, por las mismas razones y en las mismas circunstancias: la moda.

El no podía dejar de testificar sobre los campos de concentración. En primer lugar porque su profesión es la de escritor. Después, parque tenía necesidad de darse a sí mismo una explicación del acontecimiento que le había afectado. Con elloe ha permitido que otros se aprovechen de su explicación. Sin duda no ha advertido que salvo en la manera de expresarse decía lo mismo que todos.

[161]

Título del testimonio: El hombre y la bestia, publicado en 1948 por las ediciones Gallimard.

Originalidad: ha visto las cajas de cartón que contenían la margarina que se nos distribuía - obtenida de la hulla, naturalmente - adornadas ridículamente con la indicación de "Garantizado sin materia grasa." (Página 95. Ya citado.)

Testimonio que es un largo razonamiento con referencia a hechos que el autor caracteriza con anterioridad a toda reflexión moral o de otra clase.


TIPO DE RAZONAMIENTO.

Antes de ser deportado a Neuengamme, Louis Martin-Chauffier permaneció en Compiègne-Royallieu. Conoció al capitán Douce, que entonces era jefe del campo. Sobre él expresa el siguiente juicio:

En Neuengamme conoció a André, que era uno de los primeroas personajes del campo, funcionario con autoridad escogido por la S.S. entre los detenidos. He aquí el retrato que hace de él:

[162]

De este modo, de dos hombres que cumplen las mismas funciones, uno merece la seve ridad lacónica y el menosprecio del autor, mientras que el otro se beneficia no sólo de su indulgencia aprobatoria sine también de su admiración. Si se profundiza más al leer la obra se entera uno de que el segundo ha prestado un apreciable servicio a Martin-Chauffier en una circunstancia que puso en peligro su vida. Yo no he conocido al capitán Douce en Compiègne, pero es muy probable que, en comparación a André, su única culpa sea la de no haber sabido escoger la gente a la cual prestaba servicios - pues ciertamente, también él tenía sus clientes - y la de tener unos conocimientos literarios demasiado limitados para saber que en su jurisdicción había cierto número de Martin-Chauffieres y el propio Martin-Chauffier.

Por otra parte, no está de más añadir lo que este razonamiento postula:

[163]

Uno se pregunta qué esperan los abogados de Pétain para recoger este argumento que tiene el valor de ester escrito por la pluma de una de las más destacadas figuras del cripto-comunismo. Si la moda vuelve al «petainismo», Martin-Chauffier podrá retirar en todo caso alguna arrogancia, y quizá... sacar de nuevo algún provecho.

 

OTRO TIPO DE RAZONAMIENTO.

En el campo, Martin-Chauffier conversa con un médico que le dice:

[164]

Yo había comprobado ya sobre el terreno que se podía entrer en el Revier (3) y ser cuidado en él - relativamente - par motivos entre los cuales la enfermedad o su gravedad a veces sólo eran secundarios: maña, influencias, necesidad política, etc. Yo cargaba el hecho a cuenta de las condiciones generales de vida. Si los médicos presos han hecho por añadidura el razonamiento que Martin-Chauffier atribuye a éste, conviene registrarlo como argumento filosófico, y hacerle entrar al lado del sadismo de la S.S. como elemento causal en la explicación del número de muertos. Pues le hace falta mucha ciencia, seguridad y también presunción a un médico para determinar en algunos minutos quién puede ser salvado y quién no puede serlo. Y si ha sucedido así, yo temo mucho que habiendo dado los médicos este primer paso hacia una concepción nueva del comportamiento en la profesión, no hayan dado un segundo para preguntarse no ya quién puede, sino quién debe ser salvado y quién no debe serlo, y para resolver este caso de conciencia mediante la referencia a unos imperativos extra-terapéuticos .

[165]

EL RÉGIMEN DE LOS CAMPOS.

 

Bajo la ocupación, existía en Francia una Asociación de familias de deportados e internados políticos. Si una familia se dirigía a ella para tener noticias sobre la suerte de su deportado, recibía un informe retransmitido por radio procedente de esa «alta esfera» alemana.

He aquí. el informe (4):

[166]

[167]

Jean Puissant, que ha citado este texto, le hace seguir de la siguiente apreciación: un monumento de picardía y de mentiras.

Evidentemente, está escrito en un estilo benévolo. No se dice en él que en los talleres de Buchenwald las piezas sueltas de mecánica que se fabrican son de armas. No se habla en él de los que son ahorcados por sabotaje, de las formaciones para pasar lista una y otra vez, de las condiciones de trabajo, de los castigos corporales. No se precisa que la libertad del domingo por la tarde está limitada por los azares de la vida del campo, ni que si los sacerdotes reúnen a sus fieles para charlas u oraciones es clandestinamente y con el riesgo de crueles incidentes que el ambiente podría asemejar a complots. Incluso se miente en él cuando se pretende que los deportados se encontraban allí mejor que en las prisiones francesas, que el de agosto de 1944 no ocasionó ninguna víctima entre los internados o que la mayoría de los trenes que partieron en esa fecha de Compiègne o de Fresnes se dirigieron a Weimar.

Pero tal como está, este texto se acerca más a la verdad que el testimonio del hermano Birin, especialmente en lo relativo a

[168] la alimentación. Y queda el hecho de que es un resumen del reglamento de los campos tal como fue establecido en las esferas dirigentes del nazismo. Es cierto que no fue aplicado. La historia dirá el porqué. Verosímilmente, retendrá la guerra coma causa principal, luego el principio de la administración de los campos por los propios detenidos, y finalmente las alteraciones que sufren todas las órdenes al descender en una administración jerarquizada desde la cima hacia la base. Lo mismo sucede en un regimiento con las órdenes del coronel leídas delante de la tropa por el brigada y cuya responsabilidad en cuanto a la ejecución incumbe al cabo: todo el mundo sabe que en un cuartel no es peligroso el coronel sino el brigada. Así sucede también en Francia con los reglamentos de la administración pública concernientes a las colonias: están redactados en un espíritu de acuerdo con la descripción de la vida en las colonias que hacen todos los maestros de las escuelas de pueblo; destacan la misión civilizadora de Francia y sin embargo hay que leer a Louis-Ferdinand Céline, a Julien Blanc o a Félicien Challaye para tener una idea exacta de la vida que los militares de nuestro Imperio colonial hacen llevar a la población indígena por cuenta de los colonos.

Yo estoy persuadido por mi parte de que, aun en los límites impuestos por el hecho de la guerra, nada impidió a los presos que nos administraban, nos mandaban, nos vigilaban, nos encuadraban, el hacer de la vida en un campo de concentración algo que se hubiera parecido bastante al cuadro que presentaban los alemanes, a través de intermediarios, a las familias que pedían informes.


MALOS TRATOS.

Sigue la explicación:

[169]

«Estos hombres brutales al golpear desde luego no tenían la intención de matar; mataban sin embargo en un acceso de furor placentero, con los ojos inyectados, el semblante escarlata y la baba en los labios, parque no podían pararse: les era necesario llegar en su placer hasta el final.»

Se trata de un hecho que desacostumbradamente es imputado por él a los presos sin ningún falso rodeo. Nunca se sabe: es posible que haya individuos que maten «en un acceso de furor placentero» y no tengan otro fin que «llegar en su placer hasta el final». En el mundo, aunque no sea normal sí es al menos habitual y admitido por la tradición que haya anormales: también puede haberlos en un mundo en el que todo sea anormal. Pero yo me inclino más bien a creer que si un Kapo, un jefe de bloque o un Lagerältester llegaban a este extremo, obedecían a móviles ligados a complejos más accesibles: el deseo de venganza, el afán de agradar a los amos que les habían confiado un puesto selecto, el deseo de conservarlo a cualquier precio, etc. Incluso añado que, si bien maltrataban, se abstenían de provocar la muerte de un hombre, lo cual era susceptible de atraerles molestias con la S.S., al menos en Buchenwald y Dora.

A pesar de esta explicación, hay que perdonar a Martin-Chauffier por haber citado también dos hechos cuyo carácter criminal no puede ser considerado en modo alguno como resultante de la «puesta en práctica de un plan concertado en las altas esferas».

[170]

Y también:

Nada obligaba al Kapo a adoptar este comportamiento ni a los Stubendienst, Kalfaktor y Pfleger (5) del Revier a formar esta corriente de aire polar o hacer pasar al lavabo, con el torso desnudo, agua fría y sin distinción, a los infelices confiados a su tutela.

Ellos lo hacían sin embargo con el propósito de agradar a la S.S., que lo ignoraba la mayoría de las veces, y con el fin de conservar un puesto que les salvaba la vida.

Hubiera sido deseable que Martin-Chauffier hubiese dirigido su acusación contra ellos con tanto vigor como lo hace contra la la S.S., o que por lo menos hubiese repartido equitativamente las responsabilidades.

 

[171]


EPÍLOGO


El momento en el cual se publicó este libro en Francia no me ofreció la posibilidad de aprovechar los testimonios recogidos por la fundación Hoover y publicados muy posteriormente.

Para finalizar, indicaremos lo que escribe la pluma de Dominique Canavaggio (ex director de Temps de Paris y yerno del pastor Boegner) sobre Martin-Chauffier:

[172]

Como se ve, Martin-Chauffier estaba especialmente inclinado para llegar a ser una de las cabezas pensadoras de la Resistencia. El «honró» además con su colaboración esporádica a Le Figaro, Paris-Presse y Paris-Match. La obra biográfica de consulta Pharos dice de él que antes de la guerra dia a conocer claramente sus opiniones políticas y sus simpatías hacia el comunismo, lo cual confirmó durante la guerra civil en España: en 1937 se fue a la Unión Soviética. En 1945 se encontraba naturalmente de nuevo al lado de los comunistas en el famoso «Comité national des écrivains» y era uno de los más furiosos perseguidores.

Sin duda alguna debió tratar de conseguir perdón por lo que había ocurrido entre estas dos fechas. Hoy se encuentra Martin Chauffier - como también Eugen Kogon y David Rousset - en frías relaciones (obra al menos como si estuviese en frías relaciones) con los comunistas, cuyo juego ha hecho y en cierto modo sigue haciendo.

¿Por cuánto tiempo?


[173]


CAPÍTULO IV

LOS PSICÓLOGOS


DAVID ROUSSET Y EL MUNDO DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN


De todos los testigos, ninguno consiguió esta habilidad, esta potencia de evocación y esta exactitud en la reconstitución de la atmósfera general de los campos, eomo esta gran figura conocida a escala universal Pero tampoco ninguno de elloes ha novelado más ni mejor.

La historia conservará su nombre: yo tengo miedo de que esto sea sobre todo por su calidad de literato. En el plano histórico propiamente dicho, el embalaje ha logrado la venta del producto. El, por otra parte, lo ha presentido y ha tomado la delantera:

[174]

Este razonamiento le ha permitido descuidar los documentos totalmente o casi, y apoyándose en el hecho de que los relativos a los campos del Este son a la vez escasos y pobres, declarar que

después de escoger entre estos testimonios directoes aquellos que servían mejor su manera de ver del momento.

No se le podría caracterizar mejor de lo que lo hace él mismo. Pero entonces, ¿por qué ha presentado los campos en esta forma que procede de la afirmación categórica?

El mundo de las campos de concentración (Pavois, 1946) tuvo un éxito merecido. En el concierto de los testigos menores que pedían la venganza a gritos y la muerte de los alemanes vencidos (7) intentaba llevar las responsabilidades sobre el nazismo e indicaba un giro, una orientación nueva. La Francia pacifista le agradeció a David Rousset por haber concluido en estos términos:

[175]

Los días de nuestra muerte (1947), obra en la que se vuelven a tomar los antecedentes de El mundo de los campos de concentración y se especula con ellos hasta agotarlos, está bastante alejada de esta profesión de fe que, por otra parte, El payaso no ríe olvida totalmente. De donde hay que concluir que David Rousset ha evolucionado con el pretexto de hacerse más preciso, lo cual ha hecho que su obra haya acabado por tomar un carácter mucho más antialemán que antinazi a los ojos del público. Esta evolución, en su punto de partida, fue más notable al estar matizada de ciertas debilidades por el comunismo, pero después de cierto tiempo

[176] ha encontrado su conclusión en un antibolchevismo del que sería aventurado decir que no se transformaría en rusofobia para y simple si la crisis mundial se precipitase en una guerra.

La originalidad, pues, de El mundo de los campos de concentración ha sido distinguir entre Alemania y el nazismo en el establecimiento de las responsabilidades. Y es doble por una teoría que hizo sensación en tanto que justificaba el comportamiento de los presos encargados de la dirección de los asuntos del campo, por la necesidad de conservar para la postguerra ante todo la élite de revolucionarios. (9) Martin-Chauffier justificando al médico que quiere salvar al mayor número posible de presos para lo que concentra sus esfuerzos, ante todo, en ciertos enfermos, y David Rousset justificando la política que quiere salvar la calidad y no el número, pero una calidad definida en funciones de ciertos imperativos extrahumanitarios, ofrecen muchos argumentos, y de no poca importancia, que irritan los ánimos de la masa anónima de los internados. Y si, a propósito de uno y otro caso, se habla algún día de impostura filosófica ello no tendrá nada de extraño.

Los espíritus maliciosos podrían incluso añadir que David Rousset probablemente fue salvado de la muerte por el Kapo alemán Emile Künder, que le consideraba como perteneciente a esta élite revolucionaria, que por este motivo le manifestó una gran amistad y que hoy reniega de él.

Esto sea dicho sin perjuicio de otras salvedades.



EL POSTULADO DE LA TEORÍA.

 

Es inatacable. Su conclusión, enunciada inmediatamente después, lo es mucho menos:

[177]

No se puede dejar de observar que, en el propio postulado, la destrucción física está subordinada a la necesidad y no decretada por principio: se considera solamente para los casos en que la medida del internamiento no bastase para poner al individuo fuera de la posibilidad de dañar.

Después de tal paso o de una libre deducción de esta talla, no hay razón alguna para detenerse y se puede escribir:

lo que constituye una manera de dar consistencia al cuadro, de llevar la responsabilidad sobre las «altas esferas» señaladas por Martin-Chauffier, y permite deducir un plan preestablecido de sistematización del horror, que se justifica por una filosofía.

[178]

Por lo que se ve cómo partiendo de los campos de concentración entendidos como medio de impedir a los enemigos el hacer daño, se puede hacer fácilmente de ellos instrumentos de exterminio por principio y escribir hasta el infinito sobre la finalidad de este exterminio. A partir del momento en que se llega a esto, ya sólo se trata de una cuestión de aptitud para las construcciones del espíritu y de virtuosismo. Pero el esfuerzo literario que produce tan excelentes efectos de sadismo es perfectamente inútil y no hay necesidad de haber vivido el acontecimiento para pintarlo así: bastaría con volver a Torquemada y copiar de nuevo las tesis de la Inquisición.

No me detengo en la primera parte de la explicación que asemeja los rusos y los polacos a los judíos en el espíritu de los dirigentes nazis: la fantasía salta a la vista.

EL TRABAJO.

 

[179]

Si se ha decidido que la finalidad de los campos era exterminar, es evidente que el trabajo ya sólo entra en la teoría de la mística exterminadora como un el emento despreciable en sí mismo. Eugen Kogon, del que se tratará en el capítulo siguiente, partiendo del mismo principio aunque con mucho menos refinamiento en la forma, escribe a propósito de esto en El infierno organizado:

De la yuxtaposición de los dos textos resulta que, para el primero, es el accidente histórico de la guerra e incluso solamente en el de su extensión a la escala mundial, el que hace pasar a un primer plano en los fines de los campos la utilización de los presos como mano de obra, mientras que para el segundo este resultado había sido alcanzado «antes de la guerre», habiéndole dado ésta sólo mayor importancia.

Yo opto por el segundo: la división de los campos en Konzentrationslager, Arbeitslager y Straflager (13) era un hecho consumado en el momento de declararse la guerra. La operación del

[180] internamiento, antes y durante la guerra, se hacía en dos tiempos: se concentraba a los detenidos en un campo previsto u organizado para el trabajo, y que desempeñaba además la función de apartadero de ferrocarril ; desde allí se les enviaba a otros según las necesidades del trabajo. Había un tercer tiempo para los delincuentes en trámite de internamiento: el envío coma castigo a un campo generalmente en construcción, considerado como campo de represalias, pero que una vez terminado se convertía a su vez en un campo ordinario.

Añado que a mi juicio el trabajo siempre ha estado previsto. Esto forma parte del código internacional de la represión: en todos los países del mundo el Estado hace ganarse la vida y sudar los beneficios a los que encarcela, salvo en algunas excepciones (régimen político en las naciones democráticas, deportados de honor en los sistemas de dictadura). Lo contrario no se concibe: una sociedad que tomase a su cargo a los que infringen sus leyes y la minan en sus fundamentos, sería un absurdo. Sólo varían las condiciones del trabajo y el margen de beneficios a obtener según se esté en libertad o internado.

En Alemania, se ha producido este caso particular de que ha sido preciso construir los campos desde el prirnero hasta el último y de que además vino la guerra. Durante todo el período de construcción se pudo creer que su única finalidad era hacer morir: se ha continuado así durante la guerra e incluso se ha creído después. El engaño es tanto menos evidente porque al hacer necesaria la guerra un número de campos cada vez mayor, el período de construcción no se terminó nunca y porque ambas circunstancias, al superponerse en sus efectos, han permitido mantener a sabiendas la confusión en las apariencias.

 

LA HÄFTLINGSFÜHRUNG (14)

Se sabe que la S.S. delegó en los detenidos la dirección y la administración de los campos. Hay pues los Kapos (jefes de los Kommandos), los Blockältester (jefes de bloque), los Lagerschutz (policías), los Lagerältester (jefes de campo), etc., una burocracia que ejerce de hecho toda la autoridad en el campo. También es una regla que forma parte del código de la represión en todos

[181] los países del mundo. Si los presos en los cuales recaen todos estos puestos tuviesen la menor noción de la solidaridad, el menor espíritu de clase, esta disposición intervendría en todas partes como un factor de aligeramiento de la pena para el conjunto. Desgraciadamente, nunca ha sucedido esto en ninguna parte: al tomar posesión del puesto que se le confía, el preso designado cambia en todas partes de mentalidad y de clan. Es un fenómeno demasiado conocido para que se insista en él y demasiado general para que se les impute solamente a los alemanes o a los nazis. El error de David Rousset ha sido creer, o en todo caso hacer creer, que en un campo de concentración podían ser las cosas de otra manera y que de hecho también habían sucedido de otro modo --que los presos políticos eran de una especie superior a la común de los hombres y que los imperativos a los cuales obedécían eran más nobles que las leyes de la lucha individual por la vida.

Esto le ha llevado a sentar el principlo de que la burocracia de los campos al no poder salvar a la masa tuvo el mérito de salvar la calidad al máximo:

Pero él no dice cómo se podría obtener la estrecha colaboración de un Kapo. Ni que esta colaboración, ann cuando el Kapo fuese un político, sólo excepcionalmente pudo ir más allá del estadio de Ias relaciones individuales del patricio con el cliente. Ni tampoco que, en consecuencia, sólo pudo beneficiar a un número ínfimo de presos.

Todo se encadena:

Entonces aquellos que los detentan se organizan, luego los que mejor se organizan entre ellos son los comunistas, éstos hacen después verdaderos complots políticos contra la S.S., luego redactan programas de acción para la postguerra. Así, sin discriminacion alguna:

[182]

Todo esto es lógico: lo discultible es el hecho que sirve de punto de partida.

Hubo en todos los campos, ciertamente, aproximaciones entre los detenidos y discretas formaciones de grupos: por afinidades y para soportar major la suerte común (en la masa), por interés para conquistar el poder, para conservarlo o para ejercerlo mejor (en la Häftlingsführung).

Tras la liberación los comunistas han podido hacer creer corroborados en esto por David Rousset, que la base de su asociacyón era la doctrina a la cual habían conformado sus actos. En realidad, esta base era el provecho material que podían sacar en cuanto a la alimentación y a la salvaguardia de la vida los que formaban parte de la asociación. En los dos campos que he conocido, la opinión general era que todo «comité», político o no, comunista o de otro tipo, tenía principalmente el carácter de una asociación de ladrones de alimentos, bajo cualquier forma que fuese. Nada vino a desmentir esta opinión. Por el contrario, todo la corroboraba: los grupos de comunistas o de otros políticos enfrentándose; las modificaciones en la composición de aquel grupo de entre ellos que detentaba el poder, y que siempre ocurrían tras las diferencias sobre la repartición de lo obtenido en los pillajes; la distribución de los puestos de mando, que seguía idéntico proceso, etc., etc.

Durante las semanas que pasé en el bloque 48 de Buchenwald, un grupo de presos que acababa de llegar decidió tomar en sus

[183] manos el estado de ánimo de la masa. Poco a poco fue obteniendo cierta autoridad, y, en especial, las relaciones entre el jefe de bloque y nosotros terminaron por hacerse sólo por su conducto. Reglamentaba la vida en el bloque, organizaba conferencias, designaba los servicios, repartía la comida, etc. Daba lástima ver el concierto de adulaciones rastreras de todo tipo que ofrecían los que formaban parte de él al omnipotente jefe de bloque. Un día, el principal animador de este grupo fue atrapado por uno de la masa a punto de repartirse con otro unas patatas que había sustraído de la ración común...

Eugen Kogon cuenta que los franceses de Buchenwald, los únicos que recibían paquetes de la Cruz Roja, decidieron repartirlos equitativamente con todo el campo:

David Rousset distingue por otra parte un lado nocivo en este estado de cosas, supuesto que no haga de ello una causa dirimente o esencial del horror, cuando escribe:

[184]

He a quí desmentida, al menos en lo que concierne a la alimentación, la leyenda según la cual se había establecido en las «altas esferas» un plan para matar por hambre a los presos. Berlín envía todo lo que hace falta para servirnos las raciones previstas, conforme a lo que se ha escrito a las familias, pero sin que lo sepa esto no se nos distribuye. (16) ¿Y quién roba? Los presos encargados

[185] de la distribución. David Rousset nos dice que es por orden de la S.S. a la cual entregan el producto del robo: no, en primer lugar roban para ellos, se regalan de todo ante nuestros ojos y pagan tributo a los de la S.S. para comprar su complicidad.

Así pues, estos famosos comités revolucionarios, de defensa de los intereses del campo o de preparación de planes políticos para la postguerra, se reducen a esto y sin embargo han podido engañar a la opinión pública en este punto. Yo dejo a otros el culidado de averiguar las razones por las cuales ha sucedido así. Me permitiría sin embargo añadir aún que los que lograron constituirlos, formar parte de ellos o asegurarles la autoridad que tuvieron en todos los campos, sostenían el espíritu de adulación del que se hacían ellos mismos culpables frente a la S.S. A propósito de las conferencias organizadas en el bloque 48 y a las cuales se ha hecho alusión anteriormente, David Rousset cuenta también:

Yo asistí a esta conferencia: fue una obra maestra de bolchevismo, bastante inesperada si se conocían las anteriores actividades

[186] trotskistas de David Rousset. Pero Erich, nuestro jefe de bloque, era comunista y tenía una gran consideración en la «célula» que ejercía la influencia preponderante en la Häftlingsführung del momento: era hábil en atraer su atención y prevenirla para el día en que él tulviese que distribuir favores.

Ciertamente. Además, tres meses después era el Kapo Emil Künder a quien había que conquistar, el tiempo de las conferencias había pasado, la palabra la tenían ahora los paquetes llegados de Francia. Si yo he entendido bien Los días de nuestra muerte, Rousset hizo uso de ellos y estoy lejos de reprochárselo: yo mismo, el haber regresado lo debo solamente a los que recibí y nunca lo he ocultado. (17)

Puede sostenerse, y así se hará quizá por medio de palabras tomadas a los que consideran el hecho como insignificante o lo justifican, que no era esencial establecer que la Häftlingsführung nos hizo sufrir un tratamiento más horrible aún que el previsto para nosotros en las esferas dirigentes del nazismo y sin obligarle nada a ello. Observaré entonces que me ha parecido indispensable el fijar exactamente las causas del horror en todos sus aspectos, aunque sólo fuese para reducir a su justo valor el argumento subjetivo del cual se ha hecho un uso tan frecuente, y para orientar un poco más hacia la naturaleza misma de las cosas las investigaciones del lector en cuyo espíritu sólo esté imperfecta o incompletamente resuelto este problema.


LA OBJETIVIDAD.

[187]

En un panorama de conjunto como Los días de nuestra muerte, novelado y reconstituido además con medios de los cuales el propio autor y aun sin saberlo ha reconocido la ingenuidad (páginas 174 y 175), este pasaje no estaría de más. En El mundo de los campos de concentración que tiene en tantos aspectos el carácter de un relato vivido, parece improcedente. En efecto, David Rousset no ha asistido nunca a este suplicio del que hace una descripción tan precisa y tan conmovedora a la vez.

Es todavía demasiado pronto para exponer un juicio definitivo sobre las cámaras de gas: los documentos son escasos, y los que existen, imprecisos, incompletos o truncados, no están exentos de sospechas. Por mi parte, estoy persuladido de que un examen serio de la culestión con los materiales que no dejarán de descubrirse si la buena fe preside las investigaciones, abrirá nuevos horizontes en lo relativo a las cámaras. Entonces, uno se asombrará del número de individuos que han hablado de ellas y de los términos en los cuales lo han hecho.

De todos los testigos, Eugen Kogon es el que se ha oculpado del asunto con más seriedad y su testimonio ofrece para mí el mayor interés. En la ya citada obra de El infierno organizado (19) escribe:

[188]

Y exponiendo el mecanismo de la operación continúa:

Habiendo afirmado el hecho bajo esta forma que permite la duda en cuanto a las órdenes de utilización de las cámaras de gas, especialmente en este sentido de que sólo obra por referencia a documentos de los cuales uno puede preguntarse si existen, Eugen Kogon cita sin embargo otros dos, sin duda parque le han parecido más concluyentes:

[189]


Se advertirá que los dos escritos anunciados como incluidos en el envío no son publicados.

He aquí el segundo documento:

[190]

Habrá que convenir que hace falta forzar singularmente los textos para deducir de este intercambio de correspondencia que se refería a una operación de exterminio por medio de las cámaras de gas. Incluso si no se le completa por un informe que el doctor Hoven envió al mismo tiempo a uno de sus superiores jerárquicos, y que según Eugen Kogon decía lo siguiente:

Eugen Kogon hace también mención de las cámaras de gas de Birkenau (Auschwitz). Cuenta cómo se procedía al exterminio por este medio, según el testimonio:

Que yo sepa, este Janda Weiss es el único personaje de toda la literatura de los campos de concentración del cual se dice que

[191] ha asistido al suplicio y se indica su dirección exacta. Y el único que se ha aprovechado de sus declaraciones es Eugen Kogon. Dada la importancia histórica y moral de la utilización de las cámaras de gas como instrumento de represión, quizá se hubieran podido tomar disposiciones (22) que hubiesen permitido al público conocer su declaración, de otro modo que a través de personas interpuestas, extendiéndola a dimensiones un poco mayores que las de un párrafo llevado por incidencia a un testimonio de conjunto.

Una operación que era practicada periódicamente en todos los campos bajo el nombre de «Selektion» no ha contribuido poco en difundir entre el público una opinión que ha conseguido ganar su favor respecto al número de las cámaras de gas y al de sus víctimas.

Un buen día, los servicios sanitarios del campo recibían la orden de preparar la lista de todos los enfermos considerados como ineptos para el trabajo por un período relativamente largo o definitivamente y de reunirlos en un bloque especial. Después, llegaban camiones - o un convoy de vagones - donde se les embarcaba y partían hacia un de stino desconocido . El rumor entre los internados quería que fuesen dirigidos directamente a las cámaras de gas y, por una especie de cruel irrisión, a los grupos formados en estas ocasiones se les denominaba «Himmelskommandos», lo cual significaba que estaban compuestos por gente que partía hacia el cielo. Naturalmente, todos los enfermos procuraban escapar a ellos.

Yo he visto llevar a cabo dos o tres «selecciones» en Dora: incluso escapé por casualidad a una de ellas. Dora era un campo pequeño. Si bien el número de enfermos ineptos fue siempre superior a los medios de que se disponía para cuidarlos, sólo alcanzó en muy raras ocasiones proporciones susceptibles de entorpecer el trabajo o de paralizar la administración.

En Birkenau, del cual habla David Rousset en el resumen objeto de esta aclaración, era diferente. El campo era muy grande: un hormiguero humano. El número de los ineptos era considerable. Las «selecciones» en vez de hacerse como en Dora por la vía burocrática y por el conducto de los servicios sanitarios, se decidían en el momento en que llegaban los camiones o el convoy de

[192] vagones. Eran numerosas hasta el punto de repetirse a un ritmo cercano al de una por semana y se practicaban según el aspecto. Entre la S.S. y la burocracia del campo por una parte, y por otra la masa de presos que intentaba escapar, se podía asistir pues a verdaderas escenas de caza del hombre en una atmósfera de locura general. Después de cada «selección», los que quedaban tenían el sentimiento de haber escapade provisionalmente a la cámara de gas.

Pero nada prueba irrefutablemente que todos los ineptos o considerados coma tales, reclutados así por el procedimiento de Dora o bien por el de Birkenau, eran conducidos a las cámaras de gas. En la operación de «selección» a la cual escapé en Dora, uno de mis camaradas no tuvo la misma suerte que yo. Le vi partir y le compadecí. En 1946, yo creía aún que había muerto asfixiado con todo el convoy del que formaba parte. En septiembre del mismo año, le vi con asornbro presentarse en mi casa para invitarme a una manifestación oficial que ya no recuerdo. Como le dije el sentimiento en el cual había vivido respecto a él, me contó que el convoy en cuestión había sido conducido no a una cámara de gas sino a Bergen-Belsen cuya misión era, al parecer, y más especialmente entonces, recibir para su convalecencia (23) a los deportados de todos los campos. Se puede comprobar: se trata del señor Mullin, empleado en la estación de Besançon. Por otra parte, en el bloque 48 de Buchenwald yo había encontrado ya a un checo que había regresado de Birkenau en las mismas condiciones.

¿Mi opinión sobre las cámaras de gas? Las hubo: no tantas como se cree. Exterminios por este medio los hubo: no tantos como se ha dicho. El número no hace desaparecer en nada la naturaleza del horror, pero el hecho de que se tratase de una medida dictada por un Estado en nombre de una filosofía o de una doctrina aumentaría singularmente esa naturaleza. ¿Hay que admitir que ha sido así? Es posible, pero no es seguro. La relación de causa a efecto entre la existencia de las cámaras de gas y los exterminios no está in discutiblemente establecida por los

[193] textos que publica Eugen Kogon (24) y me temo que aquellos a los cuales se refiere sin transcribirlos lo establezcan aún menos.

Lo repito una vez más: el argumento que representó el mayor papel en este asunto parece ser la operación «Selección» de la cual no hay un deportado que pueda hablar como testigo bajo una u otra forma y que no lo haga en función principalmente detodo lo que ha temido en aquel momento. Los archivos del nacionalsocialismo no están todavía completamente examinados. No se puede anticipar con certeza que en ellos se descubrirán documentos de índole tal como para anular la tesis admitida: esto sería caer en el exceso contrario. Pero si un día permitiesen descubrir uno o varios escritos ordenando la construcción de las cámaras de gas con un propósito completamente distinto al de exterminar - nunca se sabe, con este terrible genio científico de los alemanes - habría que admitir que la utilización que ha sido hecha de ellas en algunos casos, recae sobre uno o dos locos entre la S.S. y una o dos burocracias de internados para agradarles, o viceversa, por una o dos burocracias de internados con la complicidad, comprada o no, de uno o dos de la S.S. particularmente sádicos.

En el estado actual de la arqueología de los campos, (25) nada permite esperar o confiar en semejante descubrimiento pero nada permite tampoco el excluirlo. En todo caso, hay un hecho sintomático que ha sido destacado muy poco: en los escasos campos en que se han encontrado cámaras de gas, estaban más bien unidas a los bloques sanitarios de la desinfección y de las duchas que contenían instalaciones de agua que a los hornos crematorios, y los gases empleados eran emanaciones de sales prúsicas, productos que entran en la composición de las materias colorantes, particularmente del azul, de las cuales hizo Alemania durante la guerra un uso tan abundante.

Bien entendido, este es sólo una suposición. Pero en la historia como en las ciencias, ¿no han tomado su partido la mayoría

[194] de los descubrimientos si no en la suposicón al menos en una duda estimulante?

Si se objeta que no hay ningun interés en proceder de esta manera con el nacionalsocialismo cuyas malas acciones están por otra parte sólidamente establecidas, se me permitirá el pretender que no lo hay mayor en apuntalar una doctrina o una interpretación quizía verdadera sobre hechos dudosos o falsos. Todos los grandes principio de la democracia mueren no por su contenido sino por exponerse excesivamente a la crítica por detalles que se creen tan insignificantes en lo accesorio como en la sustancia, y las dictaduras sólo triunfan generalmente en la medida en que se esgrimen contra ellas argumentos mal estudiados. Apropósito de esto, David Rousset cita un hecho que ilustra magistralment e esta manera de ver las cosas :

Así pues, por este insignificante detalle, porque se había creído astuto declarar que se iba a la guerra por Danzig y esto se había revelado como falso, este médico juzgaba toda la política de Hitler y la aprobaba. Yo me pregunto horrorizado qué es lo que pensará ahora si ha leído a David Rousset.

TRADUTTORE, TRADITTORE...

Esto carece de gran importancia:

[195]

Eugen Kogon es más categoricos:

Yo sugiero otra expresión que hace derivar la palabra de la expresión Konzentrationsläger Arbeits Polizei, de la que forma las iniciales, como Schupo deriva de Schutz Polizei y Gestapo de Geheime Staats Polizei. El afán de David Rousset y de Eugen Kogon es interpretar más bien que analizar en le fondo, no les ha permitido pensar en ello.

 

[196]

Apéndice al Capítulo IV

DECLARACION JURADA

 

Yo el infrascrito Wolfgang Grosch, atestiguo y declaro lo siguiente :

[197]


Esta declaración fue hecha ante el Tribunal de Nuremberg. Aunque no sea exclusivamente de su incumbencia, la jerga en la cual está redactada parece haber sido respetada escrupuIosamente por el traductor, visiblemente para mantener la confusión.

No puede sin embargo escapar al lector:

1.* que sólo se habla de la «construcción» de las cámaras de gas, y no de su «destino» ni de su «empleo»;

2.* que el testigo se remite a hechos de los cuales seria fácil establecer la materialidad y a «instrucciones» que se podrían publicar y sin embargo parece que se evita cuidadosamente el hacerlo, especialmente en lo tocante a la finalidad de las mencionadas cámaras de gas;

3.* que del conjunto de construcciones para los campos cuyo estudio y realización estaba confiado al grupo de trabajo D (bloques habitables, enfermerías, cocinas, talleres, fábricas, etc.) las cámaras de gas y los hornos crematorios han sido aislados y señaladamente acercados con el propósito de impresionar major a una opinión pública que acepta fácilmente que le sean presentados los hornos crematorios como instrumentos de tortura especialmemente inventados para los campos de concentración porque ella no sabe que la práctica de la cremación es de uso corriente - tan corriente como la inhumación - en toda Alemania.

Por todas estas razones, ningún historiador aceptará nunca esta declaración en su integridad.

[198]

 

INFORME DE UN ALFÉREZ A UN TENIENTE

N.* del sector postal: 32.704
B.N. 440/42.

501 P.S.

Kiev, 16 de abril de 1942.


Asunto secreto del Reich.
Al S.S. Obersturmführer Rauff.
Berlín. Prinz Albrecht Strasse 8.

La revisión de los coches de los grupos D y del grupo C está completamente terminada. Mientras que los coches de la primera serie pueden ser utilizados incluso con mal tiempo (es preciso sin embargo que no lo sea excesivamente) los coches de la segunda serie (Saurer) se atascan completamente con tiempo lluvioso (26). Cuando, por ejemplo, ha llovido, en media hora está el coche inutilizable, sencillamente patina. Sólo es posible servirse de ellos con tiempo totalmente seco. La única cuestión que se plantea es la de saber si se puede utilizar el coche en el mismo lugar de ejecución cuando está parado. Primeramente es necesario conducir el coche hasta el lugar en cuestión, lo cual sólo es posible con buen tiempo.

El lugar de ejecución se encuentra generalmente alejado de 10 a 15 Km. de las carreteras principales, y está ya escogido poco accesible. Es completamente inaccesible cuando el tiempo es húmedo o lluvioso. Si se conducen las personas a pie o en coche al lugar de ejecución, se dan cuenta inmediata de lo que pasa y se inquietan, cosa que conviene evitar en todo lo posible. Sólo queda como única solución la consistente en cargarlos en camiones en el lugar de reunión y llevarlos entonces al lugar de ejecución.

He mandado pintar el coche del grupo D como coche-vivienda y con este fin he hecho fijar a cada lado de los pequeños coches una pequeña ventana, tales como las que se ven frecuentemente en nuestras casas de labradores en el campo, y dos pequeñas ventanas a cada lado de los coches grandes. Estos coches fueron

[199] advertidos tan rápidamente que recibieron el sobrenombre de «coches de la muerte». No solamente las autoridades sino también la población civil les designaba por este mote tan pronto como aparecían. A mi entender, incluso esta pintura no podrá preservarlos por mucho tiempo de ser reconocidos.

Los frenos del coche Saurer que yo conducí de Simféropol a Taganrog resultaron defectuosos en el camino. El S.K. de Mariampol comprobó que la palanca del freno está combinada al aceite y a la compresión. Por la persuasión y la corrupción del H.K.P. se logró hacer preparar para ambos un molde con arreglo al cual se han podido ajustar dos palancas. Cuando llegué algunos días más tarde a Stalino y Gerlowka, los conductores de los coches se quejaban del mismo defecto (27). Después de una entrevista con los jefes de estos comandos, volví de nuevo a Mariampol para mandar hacer otras dos palancas para cada uno de estos coches. Según lo acordado, en cada coche serán ajustadas dos palancas, otras seis quedarán en reserva en Mariampol para el grupo D, y otras seis aún serán enviadas al S.S. Untersturmführer Ernst para los coches del grupo C. Para los grupos B y A las palancas podrían enviarse desde Berlín, pues su transporte de Mariampol hacia el Norte es demasiado complicado y llevaría demasiado tiempo. Las pequeñas averías en los coches son reparadas por técnicos de los comandos o de los grupos en su propio taller.

El terreno lleno de baches y el estado apenas concebible de los caminos y carreteras, desgastan poco a poco los puntos de empalme y las partes impermeabilizadas. Se me preguntó si sería preciso entonces efectuar la reparación en Berlín. Pero esta operación costaría demasiado caro y exigiría demasiada gasolina. Con el fin de evitar estos gastos, di la orden de hacer sobre el terreno pequeñas soldaduras y en caso de que esto resultase imposible de telegrafiar inmediatamente a Berlín diciendo que el coche P.O.L. número... estaba fuera de servicio. Además, ordené alejarse a todos los hombres en el momento de los gaseamientos a fin de no exponer su salud a las posibles emanaciones de estos gases. Quisiera con este motivo hacer todavía la siguiente observación: varios comandos hacen descargar los coches por sus propios hombres después del gaseamiento. He llamado la atención al S.K. en cuestión sobre los daños tante morales como físicos a que se exponen estos hombres, si no inmediatamente al menos un poco

[200] más tarde. Los hombres se me quejaban de dolores de cabeza después de cada descarga. Sin embargo no se puede modificar la ordenanza (28), porque se teme que los detenidos (29) empleados en este trabajo podrían escoger un momento favorable para emprender la huida. Para proteger a los hombres contra este inconveniente, le ruego que dicte las órdenes oportunas.

El gaseamiento no se lleva a cabo como debiera. A fin de terminar antes con esta acción, los chóferes aprietan siempre a fondo el acelerador (30). Esta medida ahoga a las personas que se ejecuta en vez de matarlas adormeciéndolas. Mis instrucciones son las de abrir las manivelas de tal forma que la muerte sea más rápida y más apacible para los interesados. Ya no tienen los rostros desfigurados ni dejan eliminaciones como se podía comprobar hasta ahora.

Hoy me dirijo hacia los lugares de estacionamiento del grupo B, y las posibles noticias me pueden llegar allí.

(firmado) DR. BECKER. S.S. Untersturmführer.

(Según la obra de David Rousset El payaso no ríe.)

Este informe viene en apoyo de una afirmación de Eugen Kogon, que en El infierno organizado escribe:

Eugen Kogon, que no dice si se han encontrado estos coches de la muerte, tampoco cita este informe.

Sea lo que sea, hay que felicitar al traductor que si bien no ha logrado llenar ciertas lagunas ni satisfacer algunas curiosidades, ha dado al menos a la forma una extraordinaria fisonomía latina en la expresión del pensamiento.

[201]

Y es preciso advertir:

1.* que les es más fácil a los actuales investigadores de documentos encontrarlos sobre lo que pasaba en Mariampol que sobre 1o que pasaba en Dachau;

2.* que omitiendo una ordenanza procedente de un ministroe, se destaca la simple «carta de un alférez a su teniente» relativa a la cuestión.

3.* que si se ha encontrado un escrito, no parece que se hayan encontrado los coches - o al menos si se han encontrado el acontecimiento ha hecho muy poco ruido.

 




CAPÍTULO V

LOS SOCIÓLOGOS


EUGEN KOGON Y EL INFIERNO ORGANIZADO (31)

 

Yo no conozco a Eugen Kogon. Todo lo que sé de él lo he conocido en el momento de la publicación de su obra, por lo que dice en ella sobre sí mismo y por lo divulgado en la prensa. Bajo reservas: periodista austríaco, de tipo cristiano-social o cristiano-progresista, detenido a consecuencia del Anschluss, deportado a Buchenwald. Presentado al público francés como sociólogo (32).

El infierno organizado es el testimonio mejor difundido y está escrito en forma conveniente. Trata de una cantidad considerable de hechos, en su mayor parte vividos. No está exento de ciertas ingenuidades ni de ciertas exageraciones pero es falso sobre todo en la explicación y en la interpretación. Esto depende por una parte de la manera de relatar del autor que obra con «espíritu político»

[203] (prefacio, página 14) y por otra de que ha querido justificar el comportamiento de la burocracia de los campos de concentración de una manera más categórica todavía y más concreta que David Rousset.

Por lo demás, Eugen Kogon expone los acontecimientos - dice - "desnudamente... como hombre y como cristiano" (prefacio, página 14) sin ninguna intención de escribir «una historia de los campos de concentración alemanes» ni «tampoco una compilación de todos los horrores cometidos, sino una obra esencialmente sociológica, cuyo contenido humano, político y moral, con una fundada autenticidad, posee un valor de ejemplo». (Introducción, página 20.)

La intención era buena.

Se creía capacitado para esta misión, y quizá lo estaba. El se presenta como:

En la práctica, después de ester destinado durante un año en el comando de la Effektenkammer (almacén de vestuario), empleo privilegiado, pasó a ser secretario del médico-jefe del campo, doctor Ding-Schuller, empleo más privilegiado aún. Por esta última razón tuvo que conocer en detalle todas las intrigas del campo durante los dos últimos años de su internamiento.

Después de haberlo leído, he vuelto a cerrar el libro. Luego lo he vuelto a abrir. Y bajo el título de la página de guarda he escrito como subtítulo: o Plegaria pro domo.

EL PRESO EUGEN KOGON.

En Buchenwald había una «Sección para el estudio del tifus

[204] y de los virus». Ocupaba los bloques 46 y 50. El responsable de ella era el S.S. médico-jefe del campo, doctor Ding-Schuller.

He aquí cómo funcionaba:

[205]

Y he aquí cómo fue destinado Eugen Kogon a su puesto:

Es necesario admitir que Eugen Kogon dio serias garantías al núcleo «comunista» que tenía preponderancia en el campo - ¡contra otros grupos verdes, políticos, o sea comunistas! - para lograr ser desiguado por él para este puesto de confianza. Y no hay que olvidar estoe: «con la aprobación del doctor Ding-Schuller...»

Veamos ahora lo que él podía permitirse en este puesto:

[206]

o también:

Y podía declarar:

hasta tal punto que estar «en malas relaciones con el Kapo del bloque 46» ni siquiera le preocupaba.

Resulta de todo este que habiendo sabido granjearse los favores del equipo influyente en la Häftlingsführung (37), se había atraído al mismo tiempo los de una de las más altas autoridades

[207] de la S.S. del campo. Todos los que hayan vivido en un campo de concentración estarán de acuerdo en que semejante resultado apenas era susceptible de ser obtenido sin algunas retorsiones a las reglas morales de uso habitual fuera de los campos.

 

EL MÉTODO.

[208]

Por sí sola, esta declaración que en cierto modo podria ir como introducción del libro, basta para hacer sospechoso todo el testimonio: «Para disipar ciertos temores y demostrar que este relato no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo...»

Eugen Kogon ha evitado pues el referir todo lo que pudiera acusar a la Häftlingsführung, guardando sólo agravios contra la S.S.: ningún historiador aceptará esto jamás. Por el contrario, se puede creer fundadamente que obrando así él ha pagado una deuda de gratitud hacia los que le procuraron en el campo un empleo completamente tranquilo y con los cuales tiene intereses comunes que defender ante la opinión pública.

Además, las quince personas citadas que han decidido de su «exactitud y de su objetividad» resultan sospechosas. Todas ellas son comunistas o simpatizantes del comunismo (incluso las que figuran bajo la denominación de socialdemócrata, independiente o centrista) y si casualmente hubiera alguna excepción sólo se trataría de un agradecido. En fin, constituyen un cuadro de los más altos personajes de la burocracia del campo de Buchenwald: Lägeraltester, Kapos, etc.

Yo considero como insignificantes o fantásticos los títulos de presidente o de miembro del comité de este o de aquello que se

[209] han atribuido en forma encubierta: se los han concedido mutuamente entre ellos en el momento de la liberación del campo por

los norteamericanos e incluso posteriormente. Y no me detengo en la noción de «comité» que se ha introducido en la discusión y de la cual ya he tratado en otro lugar: ellos han dicho esto y han logrado hacerlo admitir invocando motivos muy nobles (39).

A mi juicio, estas quince personas se han alegrado sumamente de encontrar en Eugen Kogon una pluma hábil para descargarles de toda responsabilidad a los ojos de las futuras generaciones.


LA HÄFTLINGSFÜHRUNG.

[210]

Si me remito solamente a mi experiencia personal acerca de la acogida que se le dispensó a mi convoy en dos campos diferentes, no me es posible convenir que fue mejor en Buchenwald que en Dora, sino más bien lo contrario. Pero debo reconocer que las condiciones generales de vida en Buchenwald y en Dora no eran comparables: el primero era un sanatorio en relación al segundo. Deducir de ello que esto se debía a una diferencia de composición, de esencia y de convicciones políticas o filosóficas entre las dos Häftlingsführung sería un error: si se las hubiese invertido en bloque el resultado hubiese sido el mismo. En ambos casos, su comportamiento estaba impuesto por las condiciones generales de existencia y no viceversa.

En la época de la que habla Eugen Kogon, Buchenwald estaba en el término de su evolución. Todo estaba acabado o casi: los servicios ya funcionaban, se había establecido un orden. Los de la S.S., menos expuestos a las molestias que el desorden trae consigo, insertados en un programa regular y casi sin azares, se irritaban mucho menos que antes. En Dora, por el contrario, el campo estaba en plena construcción, era preciso crear todo e instalarlo con los medios limitados de un país en guerra. El desorden era el estado natural. Allí todo chocaba entre sí. La S.S. era inabordable y la Häftlingsführung no sabiendo qué inventer para complacerla iba a menudo más allá de sus deseos. En Buchenwald, las exigencias de un Kapo o de un Lagerältester, idénticas en sus móviles y en sus fines, eran menos sensibles en su alcance solamente porque en una situación major en todos los puntos ellas no entrañaban consecuencias tan graves para la masa de detenidos.

Conviene añadir como prueba suplementaria, aun redundante, que en el otoño de 1944 el campo de Dora estaba también terminado poco más o menos, y aun sin haber modificado en nada la Häftlingsführung su comportamiento, las condiciones materiales y morales de existencia podían compararse a las de Buchenwald. En aquel momento se precipitó el fin de la guerra, los bombardeos limitaron las posibilidades de abastecimiento, el avance de los aliados en ambos frentes aumentó la población con la de los campos evacuados del Este y del Oeste y todos los problemas se plantearon de nuevo.

Queda por señalar el razonamiento según el cual para mantener un núcleo contra la S.S. era importante el sustituirla: no lo entiendo, pues todo el campo estaba naturalmente contra la

[211] S.S. Podría sostenerse que hubiera sido preferible mantener «en vida» a todo el mundo contra la S.S., y no solamente a un núcleo a sus órdenes, aunque sólo fuese para suscitarle dificultades suplementarias... En lugar de esto, se empleó un medio que si bien salvó a este precioso núcleo hizo morir a la masa. Porque como reconoce Eugen Kogon, después de David Rousset, no eran sólo las buenas maneras las que intervenían en la cuestión:

Conviene precisar que todo el que detentaba una pequeña parte de autoridad en el campo era colocado por esa razón para «sustraer»: el Lagerältester que entregaba globalmente las raciones, el Kapo o el jefe de bloque que se servían copiosamente en primer lugar, el jefe de equipo o el Stubendienst (jefe de cuarto) que cortaban el pan o ponían la sopa en las escudillas, el policía, el secretario, etc. Es curioso que Kogon ni siquiera lo mencione.

Toda esta gente se regodeaba literalmente con los productos de sus robos, y paseaban por el campo unos semblantes florecientes. Ningún escrúpulo les detenía:

[212]

Durante ese tiempo, los enfermos morían en la enfermería al ser privados de esta alimentación especial que les asignaba la S.S. Explicando el mecanismo del robo, Kogon hace de él un simple aspecto del «sistema D», empleado indistintamente por todos los presos que se encontraban en el recorrido por los alimentos. Esto constituye a la vez una inexactitud y un acte de benovolencia con respecto a la Häftlingsführung.

El trabajador de un comando cualquiera no podía robar: el Kapo y el Vorarbeiter vigilaban estrechamente dispuestos a denunciarle. A lo más que podía arriesgarse era a coger algo a uno de sus compañeros de infortunio una vez hecha la distribución de las raciones. Pero el Kapo y el Vorarbeiter podían sustraer de acuerdo del conjunto de las raciones antes de distribuirlas, y lo hacían cínicamente. También impunemente porque era imposible denunciarles en otra forma que no fuese la vía jerárquica, es decir, pasando por ellos. Robaban para ellos, para sus amigos, para los funcionarios de autoridad a los cuales les debían el puesto y, en los escalones superiores de la jerarquía, para la S.S. de la cual querían asegurarse o conserver la protección.

De la dieta de los enfermos, el Kapo de la enfermeria - ¡el que ha confirmado la exactitud y la objetividad del testimonio de Kogon! - sustraía una importante cantidad en provecho de sus colegas y de los comunistas acreditados (41). Durante mi estancia en Buchenwald, hizo guardar una cantidad de leche cercana al litro, y de paso algunas otras golosinas, para Erich, jefe del bloque 48. Si se lleva esta operación a la escala del campo ya se puede calcular la cantidad de leche de la que así eran privados los enfermos. En comparación, los pequeños robos en el circuito eran insignificantes.

Así pues, bien se tratase del menú ordinario o de la dieta, enfermos o no, para morirse de hambre los presos tenían dos razones

[213] que añadir; las detracciones de la S.S. (42) y las de la Häftlingsführung. Tenían por tanto dos razones para recibir golpes y ser maltratados en general. En estas condiciones, había pocos detenidos que no profiriesen tratar directamente con la S.S.: el Kapo que robaba con exceso golpeaba también más fuerte para agradar a la S.S. y era raro que una simple reprimenda de uno de la S.S. no entrañase por añadidura una tunda del Kapo.

 

LOS ARGUMENTOS.

Los argumentos que justifican la salvación de un núcleo ante todo y a toda costa, no son más concluyentes que los hechos.

empieza por preguntarse Kogon atemorizado. De esto que precede resulta ya que el campo entero sólo hubiera tenido un motivo de menos para morir a este ritmo. No basta con añadir:

y hace recaer el mérito de ello sobre la Häftlingsführung, para que esto sea verdad. Según eso se podría decir también que entraron en una Francia liberada, lo cual sería ridículo. La verdad es que la S.S. huyó ante el avance norteamericano e intentando llevar consigo el mayor número posible de presos lanzó a la Häftlingsführung con las porras en la mano a la caza del hombre en el campo.

Gracias a esto, la operación se hizo con un mínimo de desorden. Y si por una milagrosa casualidad la ofensiva de los norteamericanos hubiera sido detenida ante el campo, hasta tal punto que una contraofensiva alemana llevada vigorosamente hubiese podido decidir el resultado de la guerra en otro sentido, el razonamiento ofrecería una cierta ventaja que se trasluce de estas líneas:

[214]

Dicho de otro modo, en una Alemania victoriosa cada uno de los funcionarios de autoridad del campo hubiese podido alegar su contribución personal al mantenimiento del orden, su abnegación, etc., para obtener la liberación.

Y el texto que se acaba de leer hubiera podido aparecer sin cambiar ni una sola coma.

Es evidente que ningún método de la S.S. podía hacerse inoperante desde el momento en que practicado por otros con eI mismo propósito se aplicaba al mismo objeto y en la misma forma. Más aún: era innecesario. La S.S. ya no tenía necesidad de golpear puesto que aquellos en los cuales había delegado sus poderes golpeaban mejor; ni de robar, pues ellos robaban mejor y el beneficio era el mismo cuando no era más substancial; ni de hacer morir a fuego lento para hacer respetar el orden, pues se ocupaban de ello en su lugar y el orden era más resplandeciente.

Por otra parte, yo no he observado nunca que la intervención de la burocracia del campo haya borrado las oposiciones naturales, ni que las diverses categorías de presos hayan estado menos mezcladas de lo que había decidido la S.S.

Los métodos empleados, se estará de acuerdo, no eran convenientes para obtener este resultado. Y el fin perseguido - el confesado - no era sino aquel de «dividir para reinar», este principio

[215] que vale para todo poder deseoso de sostenerse y que valía tanto para la Häftlingsführung como para la S.S. En la práctica, mientras que la última oponía indistintamente la masa de presos a los que ella había escogido para gobernarles, la primera se servía del matiz político, de la naturaleza del delito y de la selección de un núcleo de cierta calidad.

Lo que es divertido - ¡a distancia! - en esta tesis es la distinción que hace entre los rojos y los verdes en el poder, acusando a estos últimos de corrupción, de chantaje y de búsqueda de ventajas materiales: ¿qué hacían pues los rojos que no fuese esto? Y para el preso ordinario, ¿cuál era la diferencia si le era imposible medirla en un resultado?

En un mundo bizantinizado por décadas de una enseñanza para pequeños-burgueses, la yuxtaposición de proposiciones abstractas adquiere mayor importancia que el inexorable encadenamiento de los hechos. Una moral que para establecer un contraste entre el delito de derecho común y el delito político ti